Enrique Escobedo 

Hay dos temas que me llaman la atención desde que tenía veintitantos años. Los límites de poder público y los límites de la tolerancia. Dichos temas y su responsabilidad los han tratado múltiples especialistas de las ciencias experimentales, sociales y humanidades. Todos coinciden en que son objeto de estudio y queda claro que, si los seres humanos no tuviésemos vocación de poder, hace miles de años ya hubiésemos desaparecido de la naturaleza. De ahí que el poder es genéticamente adaptativo. También se acepta que el poder es socialmente necesario, basta observar que cualquier grupo humano más o menos formal tiene liderazgos y que las sociedades se organizan en gobierno. Consecuentemente la pregunta es ¿para qué se quiere el poder? La respuesta hoy en día tiene al menos dos vertientes, la egocéntrica que es propia de la vanidad de los políticos y la social cuya respuesta es para apoyar y procurar el desarrollo integral. Es más, en las democracias modernas el ejercicio del poder se concibe mediante la división de funciones en tres poderes, el legislativo el ejecutivo y el judicial y, sobre todo, se trata de acotar la concentración del poder omnímodo en una sola persona, pues los riesgos de la autocracia y la dictadura nunca desaparecen.  

Respecto a la tolerancia el tema es también crucial, pues por un lado tiene la acepción positiva que indica que respeto a las ideas diferentes, por el otro lado tiene la acepción negativa que se refiere tener que aguantar a alguien debido a que no se le puede borrar de la faz de la tierra. En todo caso lo interesante de la tolerancia como un aspecto social es que también tiene límites y la historia nos ensaña que está sujeta a variables objetivas y subjetivas. Por ejemplo, encontramos al movimiento de independencia encabezado por Miguel Hidalgo. En términos objetivos no se le veía futuro debido a que no tenían armas, ni ejercito preparado, ni apoyos económicos, ni estaban seguros de gozar de la legitimidad social y, sin embargo, la chispa encendió el bosque. Lo mismo podríamos decir del movimiento encabezado por Francisco I. Madero quien era un hombre ilustrado y convencido de la democracia que convocó a una revolución popular con el fin de derrocar a la dictadura porfirista, pero sin un plan de acción militar y sin programa de gobierno. 

Los hechos sociales se explican más fácilmente después de ocurridos, lo difícil es entender los momentos situacionales, darles orden, sentido y proyección. Entender las relaciones de poder y tolerancia y analizarlas es, aunque haya errores de interpretación, fundamental con el fin de orientar decisiones y acciones. Por eso los gobernantes tienen en sus equipos de trabajo analistas políticos que, bajo el lance de equivocarse, le hacen ver a quien toma la decisión, de las ventajas, desventajas y riesgos.  

Por lo anterior me pregunto si los asesores del presidente de la República le hacen ver acerca de los riesgos de descalificar a la clase media o de crear incertidumbre en los inversionistas nacionales e internacionales o de desasear las relaciones comerciales con los Estados Unidos y Canadá. Realmente no se la respuesta. Hay quienes dicen que, en efecto, le hacen ver esos riesgos, pero nuestro primer mandatario no los escucha. Otros dicen que esos ataques son consecuencia de las tarjetas que le hacen llegar. Es un tema que ignoro. Lo que me queda claro es que la concentración del poder y la perdida de los contrapesos es perjudicial a la vida de una democracia y que la intolerancia negativa corre el riesgo de la represión y la manipulación del linchamiento social. 

Después de tres años del triunfo electoral del partido Morena hubo muchas explicaciones congruentes, lógicas y razonables. Ese partido, sus miembros y dirigentes harían bien en analizar, a tres años de aquel triunfo, acerca de los motivos del desencanto que han creado en millones de mexicanos. Los límites del poder los podemos definir jurídica, política y administrativamente, pero los de la tolerancia son un misterio. Por lo mismo, haría bien el gobierno en ser tolerante con quienes pensamos diferentes, pues no somos sus enemigos. Estigmatizar es una actitud poco política y acaba por radicalizar posiciones. El poder y la tolerancia son muy delicados de manjar y operar. Por lo que algo me queda claro, no cualquiera puede con gobernar si desconoce que el poder tiene límites y también la intolerancia.    

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