Enrique Escobedo  

Desde niño que escucho la expresión “mal gobierno”, pues mis maestros de primaria nos narraban que Miguel Hidalgo convocó al pueblo de Dolores en la madrugada del 16 de septiembre de 1810 y lo invitó a levantarse en armas en favor de la independencia y en su arenga gritó “muera el mal gobierno”. De lo que concluí que el mal gobierno era aquel que favorecía la esclavitud y se oponía a la libertad de los mexicanos.   

Pasaron los años y me percaté de que el discurso del cura Hidalgo, además de inteligente y valiente, era con el fin de que los pobladores de ese lugar asumieran que estaban del lado del bien. En otras palabras, no se trataba de que Hidalgo construyera una disertación conceptual acerca de lo que significa el mal gobierno, pues la gente sabe y, sobre todo, siente lo que es un mal gobierno. 

Ya en pleno siglo XXI, a nivel editorial, vale una primera aproximación a lo que se entiende por el mal gobierno en las democracias modernas. Por lo que aquí haré una clasificación en cinco rubros: lo político, lo administrativo, lo económico, lo jurídico y lo social. Respecto al primero, el político, se observa cuando un primer ministro o presidente solo gobierna para sus partidarios, determinados estamentos sociales, utiliza la descalificación maniqueísta en contra de la oposición, recurre al centralismo absolutista presidencial en la toma de decisiones con la consecuente pérdida de pesos y contra pesos con los otros poderes y descarga su enfado de manera abierta en contra de la prensa crítica. 

Por lo que atañe al capítulo de lo administrativo, podemos calificar un mal gobierno cuando impera la corrupción en la toma de decisiones, se acotan las licitaciones públicas abiertas y se da preferencia a las asignaciones directas en materia de adquisiciones del sector público, falta de transparencia y rendición de cuentas, así como de manuales con reglas claras de operación en la aplicación de la política social, ineficacia e ineficiencia en el uso y destino de los recursos públicos, así como amagos permanentes a los servidores públicos respecto a su permanencia en la Administración pública. 

En lo económico se aprecia cuando no hay crecimiento, la política monetaria es endeble, los ahorros de la población son mínimos, la inflación golpea a las clases bajas y grupos marginados, la productividad es baja en los sectores agrícolas, pesqueros, agropecuarios, industriales, de servicios y turísticos, la participación de los sectores productivos es marginal, la balanza comercial indica que se importa más de lo que se exporta, el trabajo seguro y permanente va a la baja y las tasas de desempleo y subempleo son elevadas. En lo jurídico se considera un mal gobierno cuando la seguridad pública es lánguida, la procuración e impartición de justicia son excesivamente lentas, el crimen organizado se apodera de territorios e imparte justicia por propia mano, las fiscalías están en manos de subordinados al poder ejecutivo, pues no tienen autonomía de gestión y el Estado de Derecho es potestativo.

Finalmente, en lo social, podemos calificar a un mal gobierno cuando la calidad de la educación es débil y raquítica, los servicios de salud carecen de infraestructura y de medicinas y la salud pública se maneja con criterios políticos coyunturales. Lo anterior es medible con indicadores comprobables y demostrables. Consecuentemente, un buen gobierno es cuando los renglones arriba mencionados obtienen estándares de aprobación social y el gobierno no necesita recurrir a salidas opacas o argumentar que tiene otros datos.  

La democracia tiene, entre otras virtudes, que la ciudadanía exprese mediante su voto libre, directo y secreto que ya no desea ser gobernada negligente e ineficazmente. Esa cualidad es fundamental, pues evita la violencia y permite, potencialmente, el desarrollo. Lo interesante es que las sociedades perciben y evalúan a sus gobernantes mediante sensibilidades cualitativas y cuantitativas tales como la confianza en la clase política y la certidumbre del rumbo de la marcha del país. 

Además, interpreta su realidad con indicadores objetivos y comentarios subjetivos como son la economía familiar, la inseguridad pública, el transporte público eficaz y seguro y la atención médica social. De ahí que la sociedad siente en carne propia lo qué es a un buen o a un mal gobierno. Esos elementos, más las campañas políticas de apoyo a un partido en el poder o de crítica, son los elementos por los cuales nos inclinamos por acudir a votar y manifestar nuestra libre elección por tal o cual partido. 

Si la votación del pasado seis de junio fue el inicio del voto de castigo al actual gobierno y analizamos los cinco rubros arriba descritos, mi conclusión es que padecemos un mal gobierno.