Pedro Flores
Un poco de historia no nos hace daño, sobre todo para comprender la situación por la que está pasando nuestro país, y haremos referencia a la frase de Luis XIV en donde afirmaba: “El Estado soy yo”, que ha pasado a la tradición como el símbolo de la autocracia más radical, imagen misma del absolutismo
El término absolutismo hace referencia a una forma de gobierno en la cual el titular o monarca posee todo el poder en su persona, que centraliza todo de manera absoluta (de ahí su nombre). Prácticamente es un símil del totalitarismo que es un régimen político en el que el poder es ejercido por una sola persona o partido de manera autoritaria, impidiendo la intervención de otros y controlando todos los aspectos de la vida del estado.
En los libros de “Historia de las doctrinas políticas”, en donde se incluye el del maestro Rubén Salazar Mayén señalan que el absolutismo representaba un ejercicio de narcisismo pragmático que acabaría depauperando las estructuras administrativas, y eso nos hace recordar la vieja frase de: “Al diablo las Instituciones”, INE, el instituto de transparencia, todo lo que impida ejercer un poder absoluto
En uno de los textos señalaba que: la fuerza centrípeta de un rey que, decía que, fortalecía la de toda una nación y se burlaba de las leyes fundamentales del reino. Era una un gobernante sagrado en un mundo cada vez más secular. Y decía a los miembros del parlamento; “Es a mí a quien deben mis cortesanos su existencia”. Ahora se dice, quiero que esta ley salga y que no le quiten ni una coma.
Salazar Mallén decía en su análisis de absolutismo francés de Luis XIV: “El poder, medio y fin de su acción política, era detentado, por un solo hombre, en cuya construcción se hacían necesarias todas las artes, todos los resortes de un sistema que decía estar a punto de la quiebra, encontraría en el la oportunidad de salvarse.” En palabras actuales, la 4T es la salvación de México,
Según el historiador “Racine”, decía durante la gestión de Luis XIV se multiplicaba, confundido entre sus gestas, asistido por todo un enjambre de, musas y deidades clásicas que descendían para legitimarlo, pintadas por Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun a su alrededor se retuercen sus densas anatomías en unas escenas que presentan al monarca como salvador de Francia, como solícito servidor de la fe, como el único y magnánimo garante de la ansiada paz.
Ahora si bien no tenemos en Palacio Nacional un Pasillo de los Espejos en donde se veía el mencionado Rey todos los días, las escenas son las mismas, si bien no hay musas, ni sílfides ni Euménides, si cuenta con una serie de personajes que cuando AMLO quiere saber la hora, le responden: las que usted ordene señor presidente.
Dentro de los clásicos mundiales de la historia de las doctrinas políticas, no podemos dejar atrás a Nicolás Maquiavelo, quien en su obra “El Príncipe” dice que un gobernante debe repetir ofensas, para que éstas se combatan con leyes, haciendo la justicia a modo para que, en la elección de jefe, lo elijan a él como el más sensato y justo, además de contar un ejército profesional.
Sí, ese ejército que en el mes febrero de 2012, el actual presidente dijo: “No debe seguir exponiéndolo, ni socavarlo; regresarlo a los cuarteles en la medida que se va profesionalizando la policía y eso nos llevará seis meses, en tanto la nueva policía federal sea la que se haga cargo de garantizar la seguridad”, y que el 8 de septiembre de 2021 el jefe de las Fuerzas Armadas descartó que se esté militarizando al país y reconoció la labor de la Secretaría de Marina y de la Defensa Nacional durante los desastres naturales.















