Enrique Escobedo
Estamos a punto de entrar al año 2025 y con él habremos vivido el primer cuarto del siglo XXI. Un siglo en el que las apuestas eran que sería innovador con las ventajas de haber aprendido de los errores del pasado. Sabíamos, desde finales del siglo XX que las tecnologías de la información y las comunicaciones redefinirían muchas relaciones sociales, culturales y laborales, pero sus impactos han superado las expectativas. También vislumbramos que el desarrollo de la ciencia sería crucial a fin de enfrentar muchas enfermedades, sobre todo las denominadas de la pobreza. Desde a década de los años sesenta del siglo pasado supimos que habíamos traspasado los límites del crecimiento y muchos ingenuos, yo incluido, supusimos que el año 2000 sería la señal de arranque a fin de defender al planeta mediante el desarrollo sostenible y sustentable.
Recuerdo haber asistido a un foro académico en 1999 en el que se evaluaron diagnósticos del siglo XX y se elaboraron algunos escenarios futuros. De entre las conclusiones es que el siglo pasado desplegó la informática y la inteligencia artificial sin considerar aspectos éticos, que las utopías socialistas no fructificaron, entre otros motivos por la falta de libertades y que la explosión demográfica, la vejez y la pobreza debían ser atendidas prioritariamente.
Pero no. La Organización de las Naciones Unidas, los optimistas y yo no equivocamos. Los objetivos del Milenio y los del Desarrollo, aunque generosos en intenciones enfrentaron oposiciones, absurdas, pero reales. También llegó la desilusión de la democracia y con ella el advenimiento de los populismos de izquierdas y de derechas, el calentamiento del planeta continúa, el número de especies en peligro de extinción crece, la contaminación de los mares, los lagos y los ríos es imparable y la escasez de agua dulce ya es una realidad. La sobrepoblación mundial ya es urbana y las metrópolis y megalópolis están rebasadas y los servicios públicos son insuficientes. El flagelo de la pobreza y falta de oportunidades es ignorado y es objeto de discursos de políticos oportunistas. Los robots realizan labores industriales y la mano de obra es sustituida. La inteligencia artificial, como ya dije, la desarrollan los genios informáticos sin agregar una pisca de ética.
Las proyecciones optimistas y humanistas que desde el siglo pasado se señalaron están superadas. Gana, como casi siempre, el interés económico de unos cuantos y los extremos de opulencia e indigencia se ensanchan cada día más. También se impone la realpolitik, la demostración del poder de las armas, así como las posturas inescrupulosas de las ambiciones del poder.
Después de todo ¿por qué habríamos de haber brindado aquel el primer día del año del siglo XXI si la humanidad es la misma desde hace tres milenios? Que tristeza que la historia nos enseña que no sabemos aprender de ella. Que pena que ganen el oro y la plata sobre los valores. Que desconsuelo que los niños que nazcan el próximo cuarto de siglo no conocerán a los osos polares, a los tigres, a los rinocerontes y a muchas otras especies. Serán criaturas que vivirán, en el mejor de los casos con cremas protectoras y ropa especial contra las radiaciones solares. Peor aún esos infantes difícilmente gozarán las olas del mar; por un lado, porque poco más de la mitad de la población no conocerá el mar y por el otro porque no será recomendable meterse a aguas contaminadas.
Por supuesto que la música, las películas, los libros y las creaciones artísticas seguirán ofreciéndonos alivios. Seguirán en la lucha nuevas voces y nuevas ideas. Pero la evaluación del primer cuarto del siglo XXI es que reprobamos. Rotundamente fracasamos en lo que nos propusimos. Difícilmente viviré todo el segundo cuarto de este siglo egoísta e impersonal. Pero me conozco, lo haré con optimismo.












