Rafael Lulet  

Bolsonaro, López, Maduro y Trump, principales mandatarios con un régimen populista en el continente americano, resultado del fallido sistema económico neoliberal, portando la bandera del rescate de la democracia, retirando drásticamente todo lo impuesto por el orden mundial implantando un presidencialismo para controlar cada acción estatal, colocándose en el centro por encima del gobierno, para dejar en claro quién manda, retomando el síndrome del héroe, generando con ello incendios para apagarlos con el fin de engrandecer su ego.  

Este neopopulismo con rasgos narcisistas, son un paso a las dictaduras, el absolutismo es el reflejo de esa tiranía de personajes disfrazados con tintes sociales, intentando envestirse con los poderes estatales centrados y controlados por una sola persona, dicho líder gubernamental ha de intentar destruir cada una de las instituciones del Estado porque les estorba y hacer su voluntad por encima de los demás, auto engañándose con estar haciendo un bien común sin querer ver las consecuencias de sus actos, todo por satisfacer ese egocentrismo combinado con la política como su instrumento de poder. 

En la historia del populismo lo encontramos en diferente momentos de la humanidad, con Napoleón, Francia vivió en el siglo XVIII, este aspecto el cual le costó mucho para librarse de ese estigma, dicho pasaje histórico fue resultado de la caída de siglos monárquicos, eso refleja que la humanidad ante la degradación de un tipo de gobierno, a de recurrir al primer embaucador quien le maneje un discurso de libertad en contra el despotismo, sin prever las consecuencias por actuar de manera visceral cegado por el odio o por el hambre, en pocas palabras una actuación sin meditarlo para implementar un sistema en beneficio de las masas sin precipitaciones.  

Otro claro ejemplo fue el populismo ruso, resultado también de la caída del régimen zarista con la muerte de los Románov, al final el nuevo régimen no resolvió la situación de los campesinos ni de los extractos sociales, sino al contrario. El populismo en Estados Unidos no empezó con la era de Donald Trump, sino un siglo antes de él, y nos remontamos a 1892, con el candidato a la presidencia de James Weaver, retomando el descontento de los granjeros y agricultores de la época, dando pauta años después al progresismo en la historia norteamericana con la implementación del bipartidismo que hasta la fecha rige.  

En síntesis, el populismo postneopopulismo, era una corriente política y social surgida de las necesidades de expresión de ciertas clases sociales menos privilegiadas, algo necesario en el caso de Estados Unidos que fue un movimiento auténtico contrario a lo de Rusia donde intelectuales y revolucionarios políticos se apropiaron de las necesidades campesinas para convertirlos en su bandera, pero sin tener nada en común, solo el pretexto del levantamiento social.  

El nuevo populismo, visto en América con la llegada de los peronistas con el pueblo argentino y del varguismo con los brasileños dando pauta a la llegada de una transformación de este fenómeno social, aprovechando el descontento y abuso de los diferentes gobiernos neoliberales en el continente, muchos encuentran similitudes a las que caracterizó Europa en la década de los veinte del siglo pasado, con la grave crisis económica dando paso a este y al fascismo, creando a la Alemania Nazi así como al mussolinismo en Italia, ahora, vemos países como Estados Unidos, México, Brasil, Argentina, entre otros, enfrascados en el Neopopulismo, generando consecuencias como las vistas en la nación de las barras y las estrellas con la toma del capitolio por los simpatizantes de Trump. 

Este fenómeno social, trae aparejado, un discurso descalificador a sus oponentes y a los órganos institucionales, disfrazándolo con una homilía: “del pueblo y para el pueblo”, de “hombres fuertes”, centrando toda la atención en esos mandatarios populistas, y concentrando todo el dominio estatal en sólo ellos, pero al final, se aplica lo dicho por Michel Foucault, la ambición del poder siempre se buscará independiente del pretexto de la injusticia o la pobreza, sencillamente eso no existe, solo la ambición del poder mismo; y constantemente en épocas de crisis aparecen ciertos personajes quienes aprovecharán esa necesidad de esperanza ciudadana para plantear una nueva renovación política, sin prever las consecuencias, aquí es donde se centra la relación entre religión y el populismo, tal como lo diría Max Weber, situándose en la “periferia” de la democracia naciendo de ella misma pero sus instituciones les obstaculizan para extenderse a sus anchas siendo la razón para desaparecerlas. 

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