Enrique Escobedo 

Donde hay dos seres humanos o más estará siempre latente el conflicto y la negociación. De ahí que el conflicto puede surgir desde leves desavenencias, pasar por lo dramático y llegar a la trágico o derramamiento de sangre. En la filosofía política se tipifican cinco rubros acerca del tema: entre hombres y mujeres, entre la vejez y la juventud, entre la sociedad y el individuo, entre los seres humanos y la divinidad y entre el mundo de los vivos y de los muertos. Son enfrentamientos que en la comedia pueden ser chuscos y frívolos, pero en la política actúan y pueden rayar en violencia.   

La actual administración ha demostrado alta proclividad al conflicto mediante la confrontación y lo hace mediante la estigmatización y las acusaciones sin pruebas a quienes considera adversarios. De ahí que los cinco rubros arriba señalados son relativamente fáciles de identificar. Veamos, algunos ejemplos. En primer lugar está su animadversión al movimiento feminista básicamente de jóvenes mujeres que enarbolan sus derechos a decidir acerca de su cuerpo y el embarazo. La repuesta oficial es que son mujeres manipuladas y conservadoras. Aún más, el presidente repite y repite que hay mujeres en el gabinete y en el poder legislativo, pero no atiende las legítimas demandas feministas y el conflicto persiste.  

En segundo lugar se aprecia su distanciamiento con los jóvenes y niños a quienes les dice que los juegos de consolas deben estar acotados. Lo cual es una intromisión a la privacidad de las familias y una violación a los derechos de los padres acerca de la educación de sus hijos. Esos videojuegos son adquiridos por los padres de familia y sus razones tendrán. Es cierto que la actual gestión no los prohíbe, pero es grotesco su decálogo al respecto. Otro ejemplo lo vemos en lo poco visible de las políticas públicas en favor de la juventud. 

El conflicto entre sociedad e individuo es claro cuando la administración López Obrador nos dice que o estamos con su proyecto o en su contra. Ese maniqueísmo que niega al pensamiento crítico me recuerda al movimiento de masas del fascismo italiano que humilla a la persona en nombre del Estado. Dicho conflicto lo hace más grande porque no le gusta el pensamiento crítico de periodistas e intelectuales. Consecuentemente etiqueta a todo aquel que piensa diferente.  

Pareciera que no hay conflicto engendrado por el gobierno entre los seres humanos y la divinidad debido a que somos un Estado laico, pero las preferencias políticas con grupos religiosos nos dicen lo contrario. A mí no me preocupa en lo más mínimo si el presidente es creyente o no. Lo que importa es que utilice a algunas de esas organizaciones religiosas con fines de proselitismo político, pues eso puede acarrear consecuencias de confrontaciones entre grupos religiosos.   

Finalmente, el conflicto entre vivos y muertos lo encontramos en la cantidad de miles de desaparecidos o los fusilamientos de Michoacán, los feminicidios o en el asunto de los jóvenes de la Normal de Ayotzinapa. Es un asunto delicado y comparto la idea de los padres de familia que desean saber la verdad del destino de sus hijos. Pero de ahí a lucrar políticamente con la causa y el dolor de los padres es algo que me parece deleznable. 

Tanta confrontación corre el riesgo de llegar a la tragedia. Lo cual no es deseable. Es cierto que los gobiernos anteriores también han tenido que sortear esos cinco escollos. Algunos lo han logrado con más habilidades que otros. Pero una diferencia clara es que los gobiernos del pasado, neoliberales o no, es que eran lo suficientemente cuidadosos de no ser ellos quienes abrieran las puertas del conflicto.