Bernardo López
En una página oficial del Gobierno de Victoria, en Australia, se explica lo que será su central de cuarentena, similar al que opera en Howard Springs, con el propósito primario de “salvaguardar la seguridad de la comunidad”, a partir de la emergencia sanitaria provocada por el SARS CoV-2 a nivel mundial (con la extraña excepción de África).
La central tendrá la capacidad de 500 camas y podría incrementarla hasta las 3 mil, dispuestas en cabinas portátiles “que podrían ser utilizadas para futuras necesidades”. Este proyecto será operativo a principios de 2022, aunque eso no significa que las medidas de reclusión no se apliquen, pues las personas son confinadas en hoteles.
¿Por qué se debería aplicar un encierro a las personas si estamos hablando de un problema de salud y no de un crimen? ¿Por qué llevar a las personas enfermas a un lugar apartado?
Esta central me hace recordar el campo de concentración de Sachsenhausen, construido en la Alemania nazi, en las cercanías de Berlín, donde pasaron más de 200 mil prisioneros, adversarios del régimen nacionalsocialista, donde también fueron recluidos grupos que se consideraban racial y biológicamente inferiores.
Los prisioneros de Sachsenhausen eran hacinados en unos barracones, con un espacio para los dormitorios, otro para la comida; también existía un inmueble utilizado como clínica, lugar donde se realizaron miles de crímenes médicos: como esterilización forzosa y experimentos con los internos. También se contaba con los hornos de cremación, donde terminaban los cuerpos de una gran cantidad de presos. Todo el lugar se encontraba rodeado de una cama de alambres de púas, por si a algún preso se le ocurría escapar.
Esto no significa que se vayan a cometer los mismos crímenes, pero todo indica que no hemos aprendido nada de la historia más de negra de la humanidad, porque, estos centros modernos de encierro, a pesar que los pretendan disfrazar con pantallas y otros artículos de la “modernidad”, tienen el mismo objetivo que las barracas de Sachsenhausen: criminalizar, segregar y estigmatizar a las personas.
Usar tácticas militares para pretender acabar con un virus no tienen fines sanitarios sino de un control social, y muchos gobiernos se han olvidado de los derechos humanos, cuando antes se llenaban de autoelogios por sus acciones para defenderlos. Sin embargo, los ciudadanos tenemos la responsabilidad de recordarlos y ejercerlos, para el bien de la comunidad y heredar un mundo con las mismas libertades que nosotros gozamos.