Enrique Escobedo
En más de una ocasión me he pronunciado en este espacio acerca de la imperiosa necesidad de que México, nuestro país, tenga tres o más opciones electorales. Sostengo que el pluripartidismo democrático es fundamental si lo que se desea es la inclusión del mayor número posible de voces y que el debate parlamentario es la mejor manera de enriquecer las leyes y así aproximarlas al reforzamiento del pacto social y, de ser posible, a la justicia social. Más aún, me manifiesto en contra del monopartidismo o partido de Estado o hegemónico. También veo problemas severos en el bipartidismo, pues esa fórmula excluye la posibilidad de la tercera opción.
Con la llegada al poder del partido Morena nuestro país empezó un retroceso político, ya que confunde perversamente a la sociedad respecto al concepto de alternancia política con transición democrática. Lo cual, para el hoy partido oficial, transitar a la democracia significa desacreditar los derechos de la oposición, los valores de la competencia regulada, la inclusión, la tolerancia, la equidad entre los partidos políticos y la división de poderes. En otras palabras, desde la cúpula del poder Ejecutivo Federal se está reconfigurando una alianza con algunos grupos empresariales y con los partidos del Trabajo y el Verde a fin de confrontar al Frente Amplio que es la alianza de los partidos Acción Nacional, Revolucionario Institucional y de la Revolución Democrática más algunas agrupaciones de la sociedad civil.
Es, de alguna manera un reagrupamiento bipartidista, pues para fines prácticos será una confrontación entre dos fuerzas, ya que vislumbro que Movimiento Ciudadano tendrá un papel importante, pero no significativo. Así que las elecciones del próximo año estarán personificadas fundamentalmente entre dos candidatos o candidatas. Será un proceso que se presenta como un “mano a mano” y que recaerá finalmente en la ciudadanía. Sin embargo, se trata de dos alianzas cupulares. Léase, entre los lideres de los partidos y dirigentes empresariales y sociales.
La sociedad está a la expectativa y con paciencia espera los nombres. A diferencia de las ansias de las fuerzas políticas que, al amparo de mascaradas y eufemismos, violan las leyes electorales y despliegan estrategias y tácticas anticipadas de campañas electorales. Lo cual desencadena desconfianza y reservas entre grandes sectores sociales. Más aún, ya vimos la experiencia mexiquense que entre sus lecciones destaca la apatía e indiferencia de panistas y perredistas ante una candidata preparada e inteligente, pero de origen priista. Es decir, quedó claro que el pacto fue de los jefes, pero no de la sociedad.
Las tendencias numéricas señalan que probablemente la ganadora del proceso del Frente Amplio será la ingeniera Xóchitl Gálvez. Lo cual nos lleva a preguntarnos si las dirigencias priista y perredista están dispuestas a sacrificar presencia política y recursos por alguien que no es de su partido. Ya sabemos cómo se las gastan los Chuchos y el señor Alito. Una trincha de magos experta en las mentiras, los engaños y las tranzas.
Mucho me temo que veremos un despliegue de ataques piratas dispuestos a hacer del proceso electoral un botín de intereses egoístas, particulares y miopes y dejarán de lado el interés nacional de fortalecer la democracia y hacer de la Administración pública un motor fundamental del desarrollo nacional.
La ciudadanía se involucró sincera y honestamente al votar por alguno de los posibles candidatos del Frente Amplio y rápidamente algunos de los perdedores deslegitimaron el proceso de auscultación ciudadana; esencialmente los perredistas. Ahora que se depure de entre los cuatro finalistas al ganador o ganadora me pregunto si los perdedores reconocerán su derrota o quebrantarán el frágil pacto.
Hasta el momento los líderes y dirigentes partidistas de la oposición han demostrado su oportunismo coyuntural, su facilidad de trepadores y su egoísmo en el juego de las vanidades. Su comportamiento ha dejado mucho que desear y de ahí que la desconfianza ciudadana está fundamentada. Ojalá los cuatro finalistas y los líderes de esos partidos políticos estén a la altura de las circunstancias históricas y a la hora del proceso electoral cierren filas a fin de que sepan ser oposición, condensar la coalición y comprendan que de lo que se trata es de equilibrar la división de poderes, fortalecer el federalismo, recuperar la vida institucional y que el régimen autocrático que hoy nos gobierna quede acotado democráticamente.















