Enrique Escobedo 

Uno de los conceptos más inasibles, complejos y abstractos que se discuten permanentemente es el de la modernidad. No hay definición, ni ensayo que nos acabe de convencer. Por lo que, para fines de este artículo, acotaré la categoría al nacimiento del antropocentrismo desde el Renacimiento, pues en esa convulsión el individuo pasó a ser el centro de la vida política, social y económica y, en consecuencia, le dio sentido a su existencia mediante el derecho, la lógica y la razón. Con lo cual, hoy en día, la modernidad es la garantía de las libertades, el ejercicio de los derechos y deberes y el Estado de Derecho. De ahí que estamos hablando de un proceso dialéctico y permanente. 

Si hago un corte en el tiempo y analizo convencionalmente la transición a la modernidad del siglo XIX al XX en algunos países me encontraré que podemos hallar algunos hilos conductores. Por ejemplo, Inglaterra lo logró debido a la fortaleza de su Parlamento y la tradición de su Corona. Francia no transitó en esos años y se quedó en la “Belle época” hasta que después de la segunda guerra mundial lo consiguió con la instauración de la quinta República y el impulso intelectual de la lengua y civilización francesas. Italia tampoco transitó y tuvo que pagar el precio del fascismo, afortunadamente, ya en la posguerra la herencia cultural romana fue el hilo que los condujo a la modernidad. Austria no transitó y fue el fin del imperio Austrohúngaro después de la primera Guerra Mundial. Pagó un precio muy caro y su hilo conductor a la modernidad lo identifico por su escuela diplomática que le permitió declararse neutral después de 1945 para no ser una nación absorbida la hegemonía soviética. Por su parte, los Estados Unidos nacieron modernos. 

El caso mexicano es muy singular. Inició su transición a la modernidad con el triunfo de la Revolución Mexicana y su hilo conductor fue la cultura y los encuentros de eso que llamamos la mexicanidad. A partir de la década de los años veinte México y los gobiernos emanados de ese movimiento armado y la sociedad impulsaron las artes plásticas, la música, la arquitectura, la literatura y el cine. Los libros de texto gratuitos fueron en muchos sentidos uno de los mejores instrumentos de unidad nacional. Posteriormente, a partir de la década de los años sesenta, con una juventud crítica emergente de la clase media y el intercambio cultural con otras naciones se enriqueció nuestra visión del mundo y la modernidad política se fue fraguando muy lentamente con la idea de la alternancia democrática hasta que después de una serie de reformas políticas llegó. Desafortunadamente la modernidad no ha acabado de condensar en nuestro país y yo veo un cierto remanso debido a que el movimiento político mexicano se encuentra ante un liderazgo monopartidista y, por si fuese poco, las búsquedas culturales y existenciales, salvo contadas excepciones como, en el campo de la cinematografía con González Iñarritu, Cuarón y del Toro, las demás están en vida latente.  

El argumento de la austeridad republicana y la disminución del presupuesto a la cultura son malas noticias. También lo son los señalamientos que desde el Palacio Nacional se hacen en contra de intelectuales a quienes se les califica de conservadores y, por lo mismo, se les desdeña. Podemos coincidir con algunas de las ideas o no de nuestros intelectuales, pero es importante que su voz se escuche y se debatan las ideas, pues de esas confrontaciones se alimenta la modernidad y se convierte en el hilo conductor de convivir en una sociedad politizada que sabe acerca de sus derechos, sus deberes y sus responsabilidades.   

Hoy la modernidad va de la mano del entendimiento ecológico, de la pluralidad, de la tolerancia y de la inclusión. El proceso, que se entienda de una vez, podrá ser obstaculizado en algunos momentos y por discutibles razones, pero no podrá ser detenido o impuesto desde una visión unidimensional de gobierno. Eso ya no es deseable, ni posible. 

La modernidad tiene en México un hilo conductor que veo sólido y consistente, su cultura y su idea de mexicanidad que solo es posible entenderse como el sincretismo de lo español y lo autóctono, más las nuevas ideas y demostraciones culturales de la humanidad, incluidas las modas anglosajonas y las tecnologías de las comunicaciones.     

A veces me quedo con el mal sabor a boca al escuchar las conferencias mañaneras, pues concluyo que hay intención de regresar a la cortina de nopales y que México sea una ínsula ajena a lo que acontece en el mundo. Tal vez se trata de una falta de entendimiento de mi parte y no entiendo los mensajes. Pero esa inquietud regresa a mi debido a esa insistencia discursiva ideológica y maniqueísta. Tal vez el equivocado soy yo y no entiendo la idea de modernidad del actual gobierno, ni el sentido conceptual de su transformación.   

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