Ivette Estrada

Dicen que sólo los niños y los adolescentes: no es cierto. Todos queremos ser aceptados. Y en aras de ello anteponemos nuestros deseos y creencias a los que dicta tácita o explícitamente un grupo determinado. Esto, al grado de que tus amigos reflejan fielmente tu esencia, como una suerte de “homogenización” en asuntos cruciales.

De inicio rechazamos la idea de que empleemos máscaras para “encajar” en determinado círculo. “Eso le ocurre o puede ocurrir a otros a mi no”. Sin embargo, de manera inconsciente nos adaptamos de una u otra forma al ambiente que frecuentamos.

Nuestro lenguaje, intereses, valores y hasta adicciones y amores se determina en gran parte a lo que nuestro círculo de familiares y amigos cercanos poseen. Incluso este grupo de influencia también está integrado por vecinos, colegas y compañeros de trabajo.

“Copiamos” sin detectarlo conductas, hábitos y creencias. De ahí que se asevere que las emciones son “contagiosas”, que repitamos refranes que justifiquen nuestros actos, que reiteremos las percepciones tradicionales….. Más allá de ello, que podría catalogarse de instintivo o no consciente, también hay pautas de conducta y patrones que alteramos a propósito para ser parte de un grupo o generar la aceptación de una persona moral o física.

El caso más común es cuando pretendemos acceder a un puesto laboral y buscamos que nuestra hoja de vida “empae” con lo que busca el reclutador. En una cita romántica, por ejemplo, esta conducta de “enmascararnos” puede generar que seamos proclives a un ligero engaño: si amo el deporte o “yo también amo la comida vegana”. Son las mentiritas que asumimos como aceptables y plausibles desde la perspectiva social.

Sin embargo, estamos en un problema si a esta alineación natural y a los remotos cambios de “máscaras” circunstanciales le sumamos cada vez más falasias sobre lo que realmente somos. Es problemático cuando ya no nos reconocemos, cuando hemos abandonado nuestra esencia en aras de la aceptación de otros.

Las máscaras del miedo es cuand ya no tenemos opinión propia, cuando tratamos de quedar bien o agradar a otros.Entonces nos cenvertimos en un cuerpo sin alma. Un muñeco deshumanizado o marioneta qe mueven los otros.

Antes de emplear una máscara, conviene revalorizarte. Así como eres, con lo que tienes y careces, eres un ser único y excepcional: lo reconozcan o no los demás. Paradójicamente, cuando tú te aceptas tu unicidad, también lo hacen los otros. Esta aceptación, sin embargo, no se puede fingir o simular: parte del autoconocimiento verdadero. Y es el atractivo más grande que cualquiera puede poseer. Así, vale la pena redescubrirte.

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