Por Rubén D. Arvizu*
Apenas hace unas cuantas semanas, Estados Unidos conmemoró con fuegos artificiales y discursos estridentes los 250 años de la firma de una Declaración de Independencia que prometía libertad, justicia y autogobierno. Sin embargo, el sestercentenario se tradujo en Washington en un despliegue absurdo y caótico que contaminó el cielo con un domo de humo tóxico durante días, revelando metafóricamente a una nación que se aleja a pasos agigantados de sus ideales democráticos para encaminarse hacia una tiranía. Aquella advertencia que el propio Donald Trump lanzó sin tapujos antes de ganar su segundo mandato —cuando intentaba revocar los resultados de 2020 y afirmó con total desparpajo que sería «un dictador el primer día»— hoy ha dejado de ser una simple retórica de campaña para convertirse en el manual de operación del régimen.
La erosión institucional se extiende a todos los aspectos de la vida pública, empezando por el frente militar. La guerra con Irán, que ya roza su sexto mes, es tratada por Trump en entrevistas y redes sociales con una ligereza contradictoria: «No es una guerra, es una escaramuza, ya se acabó, los vamos a destruir», suele repetir, mientras que al ser cuestionado sobre sus siguientes pasos responde con total desenfado: «Puedo cambiar de opinión en cuestión de segundos», todo esto mientras reprocha y amenaza a la OTAN por no participar en «su guerra».
Por su lado, el secretario de Defensa, Pete Hegseth —ex presentador de un programa de FOX televisión—, compareció ante el Senado para solicitar de manera urgente 67 mil millones de dólares adicionales, sumando un desembolso que ya supera los 37.5 mil millones de dólares en un conflicto que «iba a terminar en un día». La realidad cruda es que quienes pagan el verdadero precio son los componentes del ejército, la marina y la aviación. Ahí está la crisis que enfrentan los marinos del portaaviones USS Abraham Lincoln, quienes acumulan ya diez meses de operaciones ininterrumpidas en las aguas del golfo Pérsico, sin un final claro a la vista. Sus tripulantes, sometidos a turnos dobles, raciones deficientes, carencia de servicios elementales de higiene y un ruido ensordecedor constante en las cubiertas de vuelo, sufren un severo desgaste físico y neurológico. La indignación crece entre marinos que hoy se sienten traicionados tras haber votado bajo la promesa de que no se iniciarían nuevas guerras.
Pero el colapso no es solo militar; la salud pública ha sido entregada al fanatismo y la irresponsabilidad con Robert F. Kennedy Jr. al frente de la Secretaría de Salud. Kennedy Jr., repudiado públicamente por su propia familia debido a sus posturas antivacunas, niega brotes epidémicos y recorta el presupuesto de infraestructura preventiva, propiciando el retorno de padecimientos erradicados, la proliferación de casos de cólera y una alarmante expansión de brotes de salmonela.
A esto se suma el secretario de Comercio, Howard Lutnick, quien recientemente admitió sin tapujos en una entrevista que «son los consumidores quienes pagan los aranceles», contradiciendo de golpe la mentira oficial de Trump de que el costo lo absorben los países extranjeros.
Mientras la población enfrenta cada vez más carestías y contracción económica, el enriquecimiento multimillonario de la familia presidencial y sus allegados ocurre a la vista de todos, blindado por un sistema de justicia dispuesto a otorgar perdones preventivos e inmunidad total de cara a su salida del poder.
Y mientras la realidad quema, las horas nocturnas del mandatario transcurren alimentando su propio mito en redes sociales mediante imágenes generadas por inteligencia artificial que lo retratan como un superhéroe: desde Superman hasta flanquear a próceres como Washington, Patton o MacArthur luciendo más medallas que ellos. Sin duda, un artificio digital que busca borrar de la memoria histórica que, siendo un joven, Donald logró evadir el reclutamiento durante la guerra de Vietnam en cinco ocasiones, amparado por el dinero paterno y un diagnóstico médico de protuberancias óseas que convenientemente le impedía usar botas militares.
Cuando se opera por encima de la ley y de la verdad, la transición de una república democrática a una autocracia deja de ser algo probable para convertirse en una dolorosa realidad.
*Ruben D. Arvizu- Escritor y ambientalista. Director para América Latina de Ocean Futures Society- Asociado, Nuclear Age Peace Foundation.
















