Enrique Escobedo  

El artículo 35 de la Constitución dice que es nuestro derecho votar en las elecciones populares. Algo hermoso y fundamental, pues significa toda una complejidad. De entrada, votar es un acto de libertad con consciencia. Es una manifestación de responsabilidad ética al emitir un sufragio de manera directa, secreta y con la garantía de que será contabilizado. También significa que estoy enterado de las propuestas de gobierno de todos y cada uno de los candidatos, ya sea al poder Ejecutivo o al Legislativo. 

Votar es un esfuerzo honesto, pues nos compromete a construir la democracia más allá del sufragio y, por lo mismo, respetar al ganador al asumir día a día una actitud crítica y propositiva en favor del país. Lo cual significa construir un plebiscito, fortalecer el pacto social y trabajar por la grandeza nacional más allá de una elección. En otras palabras, es construir la vida institucional en torno a un ideal y un futuro mejor para nuestros hijos. 

Votar es romper con la tiranía, desconocer el autoritarismo y converger en lo mejor de lo que todos somos: una unidad y un proyecto. De ahí que acudir a las casillas electorales el día de las elecciones representa el deseo de trascender y no dejar que otros decidan por mí. Es defender mi derecho a crear consenso y disenso por las vías legales y legitimas.  

Votar es organizar procesos electorales en los cuales compitan partidos políticos y, en su caso, candidaturas independientes. Es saber que un instituto electoral asume la responsabilidad de definir y acotar las reglas de operación, de suerte que equidad e igualdad sean elementos que procuren procesos electorales limpios y transparentes. 

En cambio, no votar es manifestar la cobardía apática, es condensar el valemadrismo y ungir indirectamente a un gobernante sin importar las consecuencias de su gestión. La indiferencia y la apatía son las enemigas de la democracia y las detonadoras de una sociedad decadente, ignorante y pusilánime.   

Así es, señalo a los medrosos que prefirieren hacer de sus actividades personales una prioridad unidimensional y no le dan prelación al sufragio. Son gente plana, incapaz y egoísta. Su mundo oscila entre quejarse por el costo de la vida, la inseguridad pública y los problemas de tráfico y el transporte público. Pero no acuden el día de la elección a votar. Se escudan con frases absurdas tales como “todos los políticos son iguales” y en esa pueril y absurda justificación viven como autómatas su vida.  

Con tristeza veo que la mitad de los mexiquenses no acudieron a las urnas. También lo veo con azoro y preocupación. Decidieron que otros decidieran por ellos. No apoyo o defiendo a una u otra candidata. Las dos perdieron, pero quienes pagarán los platos rotos serán esos indiferentes, insensibles y apáticos. Peor aún, con su actitud favorecen la ignorancia y la apolítica; por cierto, los griegos llamaban idiotas a los apolíticos, pues no se comprometían.    

Comprometerse es una acto vertical, transparente, honesto y valiente. Comprometerse con la democracia es aceptar y defender las reglas de operación electorales, es vivir y convivir en la triada civismo, civilización y cultura, es desdeñar el asambleísmo de manos alzadas, es evitar la concentración del poder en una persona, es defender el voto y reconocer al triunfador. Algo que aún nos falta y que veo muy lejano.