Miguel Ángel López Farías
No hay cifras que nos alcancen para mostrar el horror que significa ser mujer o niña en cualquier ciudad o municipio mexicano, las viejas fronteras del respeto están destruidas, los martillos de la impunidad siguen ganando, ellas, las nuestras, son la carne perfecta de cañón para esta absurda galería del terror.
¿Qué provoca que un grupo de hombres veamos con ternura y respeto a una madre que «da pecho” a una bebé y que se tenga también la capacidad de ser indiferentes o hasta crueles cuando a una de ellas se les violenta?
Complicidad de género, ese es el aceite que lubrica las cadenas de la protección, hombres cuidando a hombres, protegiéndolos, ocultando a uno de nuestra especie para no ser exhibido y castigado… o ¿De qué manera nos explicamos que en un país como el nuestro resulte tan impunemente sencillo matarlas, desaparecerlas, violarlas, prostituirlas, venderlas siendo niñas, golpearlas, darles un salario por debajo de lo que un hombre gana?
Este mundo y sus reglas ha sido estipulado por el hombre, esa es la respuesta, y el que las mujeres reclamen no embona en los patrones conductuales del varón, por ello es más fácil hacer como que no pasa algo cuando de ellas se trata…es la supremacía del imperio de la testosterona y por ello es que las mujeres están furiosas .
Ningún círculo se escapa, toda actividad social, política o económica y hasta deportiva están salpicadas de casos en dónde la mujer es aplastada, humillada.
Menciono el terreno deportivo, pues desde hace un par de semanas, distintos colegas hemos dado cuenta de un extraño capitulo que se antoja de escándalo, una denuncia anónima que señala a un probable abusador sexual, mismo que juega para los Pumas, «el Palermo», quien no sé si es culpable o no, pero que ha despertado desde protestas en la vía pública, hasta las revelaciones de que dicho «deportista» es una especie de organizador de fiestas entre jugadores y damas invitadas a las cuales las bautizo como «chichifest», a muchos no les espanta, sobre todo en tiempos de cínicos, pero que llama la atención que el propio club universitario permita en franca violación a los más elementales códigos de conducta, pero allá ellos.
Súmele a todo esto la publicación de el periódico el MURAL de Guadalajara y al Excélsior de la CDMX en dónde revelan que otro jugador, de leones negros, Ángel N, tiene orden de aprehensión en su contra por el probable delito de abuso sexual… y en los caminos que se cruzan, el tal Ángel «N» y el Pale, figuran en la investigación ministerial realizada en Zapopan.
Reitero, este tema es de las autoridades y son ellas las que habrán de investigar y determinar lo conducente, aquí la pregunta va, ¿Por qué el silencio en los clubes de fútbol? ¿Qué sucede con instituciones deportivas tan queridas como la de los pumas o leones negros que son incapaces de fijar aduanas serías para evitar la contratación de jugadores que, en otra profesión, no aprobarían un examen de control psicométrico?
Este es solo un pequeño botón de muestra, pero en el día a día nos vemos rebasados por la brutal mordida de la realidad y que se dibujan en cuerpos abandonados, mujeres que ya no regresan, chicas que sufren el abuso sexual de los supuestos héroes del balompié, niñas que ven truncar su infancia a cambio de un cartón de cervezas.
¿Tienen o no razón de estar furiosas?
Las agresiones en su contra han generado iniciativas, como la ley Monzón, víctima de feminicidio, la ley Ingrid, para evitar la filtración de imágenes sin censura de las víctimas, a esta chava la mataron… la ley Olimpia, evitar la distribución de contenido sexual sin su consentimiento, la ley Malena, para tipificar los ataques con ácido como tentativa de homicidio.
Y si, tienen razón en estar furiosas.















