Enrique Escobedo
El análisis político utiliza, entre otros métodos, los análisis de coyuntura y el estructural. El primero alude, como su nombre lo dice, a situaciones circunstanciales significativas en el contexto político, económico y social que se caracterizan, entre otros factores, por su relevancia, contingencias y situaciones dinámicas. El segundo se refiere a los elementos estables del armazón jurídico, los convencionalismos sociales, disposiciones cimentadas de intereses de poder político y económico y al comportamiento arraigado de un grupo dominante o élite. Algunos colegas se refieren a lo estructural mediante el término inglés “establishment”.
Cuando se analizan determinadas situaciones los expertos diferencian los factores coyunturales de los estructurales y con ello procuran pormenorizar y profundizar con fines explicativos, los momentos por los que atravesamos, como sociedad. De ahí que se trata de dos enfoques complementarios que nos enriquecen la concepción y comprensión de lo que vivimos.
Usualmente los analistas inician sus estudios con la parte estructural, a fin de que visibilicemos la parte formal de las razones fundacionales estables, palpables y, en alguna medida objetivas, pues identifica los cimientos institucionales firmes, así como el conjunto de las interrelaciones del andamiaje jurídico, organizacional, técnico, ideológico y los datos duros. El análisis estructural es en otras palabras, lo que difícilmente cambia rápidamente y, en su caso, lo hace pormenorizada y meditadamente. De ahí que no se vaya a confundir como un análisis de carácter conservador.
Posteriormente se procede al análisis de coyuntura en el cual se estudia a los actores, su organización, sus motivaciones, manifestaciones, demandas y necesidades sociales, políticas y económicas. Léase, los hechos sociales que ocurren en el momento y los tipos de respuesta que reciben de la parte formal o gubernamental.
Cualquier gobierno tiene áreas especializadas en los análisis estructural y de coyuntura. De hecho, son los órganos de inteligencia de los diferentes ministerios o secretarías los que se ocupan de realizar esos trabajos con el fin de aportar soluciones y cimentar trabajos de prospectiva. Son documentos que procuran ser, en la medida de lo posible objetivos, pues sabemos que las ciencias sociales no están exentas de valores y cargas ideológicas. Así que siempre están presentes sesgos y tendencias matizadas que identifican las tendencias de los análisis.
Su importancia es significativa y trascendente, sobre todo porque orientan la decisión del responsable de la conducción de una institución o de una nación. En otras palabras, la decisión tiende a basarse en los documentos que lee el responsable. Por lo mismo, si acaso la información es deficiente u omite datos, posiblemente tome una decisión incorrecta.
El problema surge cuando los análisis de estructura y coyuntural son serios y de todas maneras el político decide de manera voluntariosa, sin apego a la realidad y debido a sus ansias de poder. Es decir, toma las decisiones que le convienen a él y a su partido político en detrimento de la sociedad. Omite incluso las partes técnicas que responden a las ineludibles leyes de la física.
Cuando los trabajos de análisis estructural y coyuntural son omitidos y son remitidos al último cajón del archivo, corremos riesgos innecesarios de imprudencia y torpeza política. Lo cual es además de peligroso, irresponsable, así tenemos que la actual administración desdeñó los trabajos médicos en materia del Covid, los ecológicos con la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya, los jurídico-políticos respecto al INE, los económicos acerca del Banco de México, los de seguridad pública respecto a Sinaloa y así una muy larga lista. Yo, como el resto de los ciudadanos, no tenemos acceso a esos análisis, pero me gustaría leerlos. Con un poco de buena suerte no serán destruidos y entonces los historiadores les podrán informar a las futuras generaciones acerca la importancia de leer, analizar y escuchar otros puntos de vista. La lección política será, muy posiblemente, lo que pudo ser un buen gobierno, pero no quiso.















