Enrique Escobedo
En su inmensa soberbia, el gobierno de los Estados Unidos, básicamente a través de sus agencias de inteligencia, conciben tipologías de Estado que, en lo general, ninguna otra nación aconseja replicarlas. Son formas que esas agencias tienen para designar enemigos, estigmatizar naciones e ideologizar a su población. Lo hacen mediante distintas formas de comunicación que van desde los discursos y mensajes que se emiten desde la Casa Blanca, hasta películas al estilo Hollywood en las cuales ellos representan a los buenos.
Cabe hacer notar que algunas de sus tipificaciones son francamente grotescas como las de “Estado Canalla” que se refiere a acusar usualmente sin pruebas a naciones señaladas de autoritarias, violadoras de los Derechos Humanos, propiciar el terrorismo y alentar la proliferación de armas de destrucción masiva, por ejemplo, Corea del Norte, Cuba o Irán. Otro ejemplo de estigmatización es la de “Estado Paria” cuyo origen es un concepto del colonialismo inglés con el propósito de etiquetar a quienes no tienen casta o clase.
Hoy en día el gobierno norteamericano se refiere a esas naciones precarias, con altos índices de pobreza, sin instituciones, con altos índices de corrupción en la Administración pública, leyes que desde el gobierno no se respetan, sin seguridad pública, violan los Derechos Humanos, sus gobiernos aplican la censura y descuidan la salud, la alimentación y la educación de los gobernados.
El gobierno de los EUA también definió “Estado Fallido” a las naciones que no controlan con la ley y el orden todo su territorio, falta de Estado de Derecho, altas tasas de criminalidad, burocratizadas en extremo, con gobiernos fuertemente armados o militarizados e ineficaces para resolver demandas y necesidades sociales.
Son tres categorías del Estado bastante cuestionables, pero les son funcionales a los intereses de Washington, pues así justifican ante su sociedad las acciones militares en el mundo, las sanciones económicas a otros países y, sobre todo, es su estrategia de juzgar y amagar, entiéndase amenazar, a quienes atenten en contra de sus intereses.
La fórmula política de estigmatizar, etiquetar y posteriormente reprimir a los enemigos tiene siglos; tal es el caso de Nerón en contra de los cristianos, de Hitler hacia los judíos, Stalin en frente a de cualquier tipo de pensamiento crítico o Pinochet ante la Unidad Popular. En otras palabras, es una estrategia que pude ser utilizada en materia de política interior o exterior.
El problema surge porque ese tipo de fórmula se agota con el paso del tiempo debido a que los “enemigos del régimen” o son aniquilados y hay que buscar a otros o porque la resistencia acaba por fortalecerse. De ahí que estigmatizar desde el Estado tiene un costo que tarde o temprano se paga.
La enseñanza política de la tolerancia, el respeto y la pluralidad es que se obtienen mejores resultados en la conducción de una nación. El caso mexicano es emblemático al analizar la confrontación fratricida que vivimos en el siglo XIX entre conservadores y liberales; esa lucha nos costó vidas, progreso y territorio. Consecuentemente, revivirla no me parece lo indicado si lo que ahora deseamos es la unidad nacional, el crecimiento económico y el desarrollo sostenible y sustentable.
Estigmatizar desde el Estado lo obliga a robustecerse mediante la desfachatez, la mediocridad, la armas y la imposición de controles centralizados y autoritarios. De ahí que acaba por justificar sus acciones mediante técnicas de represión, atemorizar y amedrentar de la sociedad, hasta que ésta ponga el alto. Ojalá no pasen lustros y con el poder del voto se pueda recuperar el pluripartidismo y así acotar la política de etiquetar a los adversarios, que no enemigos.















