Por Rubén D. Arvizu

El pasado 28 de octubre ha quedado grabado en la memoria de trágicos eventos en España. El choque de dos trenes de alta velocidad, uno de ellos detenido mientras el otro lo golpeó a más de 200 kms por hora en la línea Madrid-Sevilla entre Urda y Mora en la provincia de Toledo, provocó, hasta este momento la muerte de más de 80 personas y cientos de heridos, muchos de ellos de gravedad. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, declaró: “No es asumible para un país como España sufrir dos accidentes ferroviarios de alta velocidad en un mismo año”.

El Ministerio de Transportes dice que esto se debió a un fallo del sistema electrónico de seguridad que controla el tráfico en la vía, y aunque no es común, puede suceder. El centro de control de Atocha dio instrucciones de detener automáticamente a seis trenes que estaban en ruta. En ese centro alguien dio la orden al tren AVE proveniente de Madrid de reanudar la marcha a la velocidad normal, a pesar de existir una señal roja y que otro ferrocarril estaba detenido más adelante. El choque fue espantoso. Quién dio la orden es ahora el gran enigma. El ministro Óscar Puente dice que fue “una decisión errónea” y de “circunstancias inexplicables”.

Cuando los sistemas automáticos colapsan o la tecnología agobia, la seguridad deja de depender de las computadoras y pasa por completo a manos de las personas. Es ahí donde está el problema: la falta de disciplina y el confiarnos en que las máquinas lo resuelvan todo.

Esta misma vulnerabilidad la vemos en la aviación, donde las torres de control operan al límite: controladores aéreos saturados por el volumen de vuelos, pegados a pantallas llenas de datos y bajo una presión constante donde el error humano está a milímetros de desatar una catástrofe en pleno vuelo o en las pistas de despegue y aterrizaje.

Detrás de estas fallas operativas y técnicas hay advertencias que no debemos ignorar. Como me comenta la maestra retirada Lourdes Vázquez, “Durante los años que he trabajado en el sistema educativo, he visto el declive en las aulas en la formación moral y disciplina de los profesionistas.” En la misma línea, el ingeniero Guillermo D. Christy advierte que “La ignorancia y el descuido de los fundamentos técnicos son la causa de todos nuestros desastres.” Cerrando estos pensamientos está lo que me dijo desde España mi gran amigo, el catedrático Juan José Martínez, maestro de idiomas de la Universidad de Alicante: “El problema actual tiene sus raíces en una sociedad que ha aceptado peligrosamente estándares mediocres. El estudio riguroso, la autoexigencia diaria y la responsabilidad individual ya no importan porque a la mayoría de los políticos eso no les da ganancias. La ignorancia es cada vez mayor ante la dependencia de programas y algoritmos que nos dicen qué debemos hacer.”

El gran astrónomo y educador, Carl Sagan, nos advirtió sobre un futuro donde la tecnología estaría en manos de unos cuantos, la lectura sería obsoleta, la comunicación serían mensajes cortos, y seguiríamos como borregos las órdenes de los que detentan el poder económico y tecnológico. 

Si ya estamos en ese camino debemos actuar cuanto antes, abrir los ojos y las mentes. Aún es tiempo para recuperar lo positivo que ha creado el ser humano: la preparación, el rigor y el orgullo de hacer bien las cosas.

*Ruben D. Arvizu                                                                                  Escritor, Ambientalista- Nuclear Age Peace Foundation