Víctor Hugo Islas Suárez
Cada año, cuando se acerca Halloween, reaparece la misma discusión: que si es una costumbre extranjera, que si está desplazando al Día de Muertos, que si debiéramos defender las tradiciones mexicanas, a primera vista parece un debate sencillo, pero cuando uno se detiene a pensar un poco más en la historia, descubre algo interesante: casi ninguna de nuestras tradiciones es tan pura como imaginamos.
Tomemos el caso del Día de Muertos, hoy lo vemos como una de las expresiones más representativas de México, y con razón, sin embargo, la celebración que conocemos actualmente no es una copia intacta de las ceremonias prehispánicas, es el resultado de siglos de mezclas culturales, los pueblos indígenas tenían sus propios rituales relacionados con la muerte y los ciclos de la vida, mientras que los españoles trajeron las festividades católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, con el paso del tiempo, ambas tradiciones se fusionaron y dieron origen a algo nuevo.
Y ahí está la clave: México no surgió de una cultura aislada, sino de un proceso constante de sincretismo, nuestra identidad se construyó mezclando elementos de distintos orígenes, por eso me resulta curioso cuando algunas personas rechazan Halloween porque “no es mexicano”, pero al mismo tiempo celebran la Navidad con árbol, intercambian regalos inspirados en costumbres europeas, esperan la llegada de Santa Claus o festejan el Año Nuevo de acuerdo con un calendario heredado de Occidente.
Si el criterio fuera rechazar todo lo que vino de fuera, habría que ser realmente coherente, habría que abandonar muchísimas costumbres que hoy nadie cuestiona, incluso el idioma español que hablamos tendría que ponerse en duda, y si lleváramos el argumento hasta sus últimas consecuencias, tendríamos que vestirnos exclusivamente como nuestros antepasados prehispánicos y recuperar por completo sus sistemas de creencias, evidentemente eso no va a ocurrir, no porque la gente sea mala o ignorante, sino porque las culturas funcionan de otra manera, cambian constantemente, adoptan cosas nuevas, descartan otras y transforman muchas más, es un proceso natural que ha ocurrido en todas las sociedades del mundo.
Por eso la discusión, en mi opinión, no debería girar alrededor de qué tradición es más “pura” o más “auténtica”, la pureza cultural es más un mito que una realidad histórica, lo verdaderamente importante es reconocer que una tradición adquiere valor porque las personas la hacen parte de su vida y le otorgan significado.
También me llama la atención cierta tendencia a creer que existe una única forma correcta de vivir, la vemos en estos debates culturales, pero también en muchos otros ámbitos, hay quienes piensan que su manera de entender el mundo debería convertirse en la regla para todos los demás, el problema es que la sociedad está formada por personas diferentes, con gustos, creencias y preferencias distintas.
Por eso considero que el concepto más importante no es la pureza, sino el respeto, si alguien disfruta Halloween, que lo celebre, si alguien prefiere exclusivamente el Día de Muertos, está en todo su derecho, si una familia decide combinar ambas festividades, tampoco debería haber problema, la existencia de una costumbre no obliga a nadie a practicarla.
Al final, una convivencia sana se construye entendiendo que no necesitamos compartir las mismas preferencias para respetarnos unos a otros, mientras una conducta no dañe a terceros ni viole la ley, la manera de vivir, creer, celebrar o incluso comer pertenece al ámbito de la libertad individual. Quizá la gran ironía de todo esto es que muchas de las tradiciones que hoy defendemos nacieron precisamente porque generaciones anteriores estuvieron dispuestas a mezclar culturas distintas, el sincretismo no es una amenaza para la identidad mexicana; es una de las razones por las que existe. Y tal vez, en lugar de temerle al cambio, deberíamos reconocer que nuestra historia siempre ha sido la historia de la adaptación, la mezcla y la convivencia, porque una cultura viva no es la que permanece intacta, sino la que sigue evolucionando sin perder la capacidad de reconocerse a sí misma.






