Gabriela Lazcano

Hace unos días comencé a ver una serie que me recomendaron: Sobreviviendo a

Escobar, la historia de John Jairo Velásquez, “Popeye”, uno de los hombres más

cercanos a Pablo Escobar.

Como suele ocurrir cuando vemos historias de otros países, pensé que estaba

asomándome a una tragedia ajena. A una época particularmente oscura de Colombia. A

un tiempo en el que el narcotráfico había logrado penetrar niveles inimaginables de la

vida política.

Pero conforme avanzaban los capítulos, comencé a sentir algo profundamente incómodo.

Las grabaciones. El dinero. Las campañas políticas. Los personajes cercanos al poder.

Los señalamientos. Las investigaciones.

Y, inevitablemente, pensé en México.

No. México no es la Colombia de Pablo Escobar. Sería simplista y hasta irresponsable

pretenderlo. Colombia tuvo un hombre cuyo poder y violencia marcaron una época.

México tiene algo distinto y quizá, por eso mismo, más difícil de combatir: no hay un solo

Escobar, ni un solo cártel, ni una sola estructura criminal.

Hay demasiadas.

Pero hay una similitud que me resulta imposible ignorar: el momento en que el crimen

deja de ser solamente un asunto de policías y delincuentes y comienza a acercarse

peligrosamente a las puertas del poder.

Y entonces pienso en México y en el huachicol fiscal, por tomar un solo caso .

Aquí ya no estamos hablando de una serie, de rumores en redes sociales ni de

especulaciones de café.

Hay investigaciones oficiales. Hay aseguramientos. Hay detenidos y procesos. Hay

evidencia de una red de contrabando de combustible que las propias autoridades han

reconocido y perseguido.

Es decir: el problema existe. La investigación existe. Y existen pruebas y elementos que

obligan a seguir investigando.

Y entonces llegamos al verdadero punto de esta columna.

Porque investigar mientras las pruebas conducen hacia abajo es relativamente sencillo.

Detener operadores, intermediarios, funcionarios menores o responsables materiales

puede ser importante y necesario.

Pero ¿qué ocurre cuando el camino comienza a subir?
¿Qué pasa cuando las investigaciones se acercan a las oficinas donde se toman las

decisiones?

Ahí es donde empieza la verdadera prueba para un Estado de derecho.

No quiero otra conferencia de prensa. No quiero escuchar que los de antes fueron

peores. No quiero que unos políticos acusen a otros mientras todos descubren la

indignación únicamente cuando el señalado pertenece al partido contrario.

Quiero saber algo mucho más elemental.

¿Hasta dónde están dispuestas las autoridades a seguir las pruebas?

Hace unos años, Ciro Gómez Leyva sobrevivió a un intento de asesinato. No sobrevivió

porque alguien hubiera llegado a protegerlo a tiempo. Sobrevivió porque la camioneta en

la que viajaba estaba blindada. Hubo investigación, detenciones y condenas. Eso también

hay que decirlo. Pero que un periodista tenga que depender del blindaje de su vehículo

para sobrevivir a un ataque dice demasiado sobre el país en el que vivimos.

Y no, no estoy diciendo que México sea Colombia ni que estemos viviendo la historia de

Pablo Escobar. Las comparaciones fáciles casi siempre terminan siendo falsas.

Lo que sí pregunto es otra cosa.

Cuando un país acumula investigaciones, señalamientos y evidencias sobre redes

criminales capaces de mover fortunas y penetrar estructuras públicas, la obligación de las

instituciones no es administrar la indignación.

Es investigar.

No hasta donde resulte cómodo.

No hasta donde sea políticamente conveniente.

Hasta donde conduzcan los hechos.

Porque de eso depende algo mucho más importante que la reputación de un gobierno o la

carrera de un político: depende la certeza de los ciudadanos de que la ley no se detiene

frente a una puerta determinada.

Por eso, después de ver aquella historia de Colombia y volver inevitablemente la mirada

hacia México, ésta es la única pregunta que hoy quiero hacerles a nuestras autoridades: ¿Van a llegar hasta donde conduzcan las pruebas, aunque las pruebas conduzcan al poder ?