La Redacción
Cada sábado de Gloria, la pólvora rompe el silencio y las figuras de cartón cobran vida por última vez. Es la quema de Judas, una tradición mexicana que mezcla religión, humor y crítica social en un mismo estallido.
Colgados en calles y plazas, los “judas” —hechos de papel maché y colores chillantes— ya no representan sólo al traidor bíblico. Hoy encarnan políticos, personajes públicos o aquello que la comunidad quiere castigar simbólicamente. La herencia virreinal se transformó en un acto de expresión popular.
En sitios como San Ángel o el Mercado de Sonora, artesanos mantienen viva la tradición con figuras que estallan entre chispas y estruendo. El momento es breve: una mecha, una explosión en cadena y el judas reducido a cenizas.
Pero el fuego dice más de lo que parece. En cada figura arde el descontento, la burla y la necesidad de soltar lo acumulado. No es sólo un ritual: es una válvula de escape colectiva.
Así, entre humo y risas, la quema de Judas sobrevive. Cambia de forma, pero no de sentido: quemar al “culpable” para, al menos por un instante, sentir que algo se limpia.
















