La Redacción

En Iztapalapa, el Viernes Santo no es solo una tradición religiosa, es una expresión viva de identidad colectiva que cada año transforma a la alcaldía en el epicentro de una de las representaciones más grandes del mundo: la Pasión de Cristo.

El origen se remonta a 1833, cuando una epidemia de cólera golpeó a la población. Ante la tragedia, los habitantes hicieron una promesa: si la enfermedad cesaba, representarían la Pasión de Cristo cada año. Así nació una tradición que, desde 1843, no se ha interrumpido.

Hoy, más de siglo y medio después, la escenificación ha crecido de forma impresionante. Tan solo el Viernes Santo puede reunir a más de un millón de personas, mientras que a lo largo de toda la Semana Santa la cifra alcanza hasta dos millones de asistentes, entre fieles, visitantes y turistas.

El momento central es el viacrucis que recorre los ocho barrios originarios y culmina en el Cerro de la Estrella. Ahí, un actor —elegido entre los propios habitantes bajo estrictas condiciones— carga la cruz en un recorrido que mezcla devoción, sacrificio y simbolismo.

Lo que distingue a Iztapalapa es su carácter comunitario. No hay actores profesionales: son vecinos quienes, generación tras generación, dan vida a cada escena. La organización, que antes era completamente local, hoy combina tradición con operativos de seguridad, logística masiva y difusión global.

La festividad también ha evolucionado. Pasó de ser un acto barrial a un fenómeno cultural de alcance internacional, reconocido incluso como patrimonio cultural inmaterial. Aun así, conserva su esencia: la fe como motor y la comunidad como protagonista.

En Iztapalapa, el Viernes Santo no se observa, se vive. Y en cada paso del viacrucis, se reafirma una historia que resiste el tiempo y las transformaciones de la ciudad.