Gabriela Lazcano

Si usted tiene un joven entre su familia que aún no entiende mucho de política, cuéntele este cuento, a lo mejor le abre los ojos a “otro inquilino “

Llevo más años en este edificio que la humedad en las paredes. He visto administradores venir e irse, todos con las manos largas y los bolsillos profundos. Robaban, sí, pero de una manera educada. El agua nunca faltaba, la luz siempre encendía y la basura desaparecía como por arte de magia cada mañana. Vivíamos en una paz corrupta pero funcional, como un reloj suizo engrasado con pequeñas mentiras.

Todo cambió cuando le tocó al vecino del cuarto de azotea. Don Emiliano, que antes solo bajaba para quejarse del ruido, de pronto tenía las llaves de todo. Al principio fue un torbellino de buenas intenciones. Empezó por dividirnos: a los de abajo, los «privilegiados», nos miraba con desdén; a los de arriba, los «olvidados», los trataba como a mártires. Pronto, el ascensor tosió y murió, el agua empezó a ser un lujo y la basura se amontonó en el portal, un monumento fétido al abandono. Don Emiliano siempre tenía a quién culpar: «¡Son los robos de los anteriores! ¡El edificio está quebrado!».

Su método maestro fue el favor. A la familia del tercero, que no podía con la renta, les perdonaba los meses. A nosotros, por una gotera, nos cobraba el doble por una solución que nunca llegaba. Los vecinos empezamos a mirarnos con recelo. El que antes te prestaba sal ahora te acusaba de derrochador. Los lazos se fueron quebrando, uno a uno, reemplazados por susurros en los pasillos y rencores sordos.

Don Emiliano se fue una noche, tan sigilosamente como llegó. Pero nos dejó su legado: su sobrina, una joven de sonrisa fácil que ocupó su cuarto y su trono. El edificio, ya herido de muerte, esperaba un cambio, una redención. Lo que llegó fue el epílogo perfecto.

La sobrina perfeccionó el arte de su tío. Repartía favores con una sonrisa aún más dulce entre los más necesitados, que la bendecían por su bondad. Mientras, el edificio se caía a pedazos literalmente: pedazos de yeso, pedazos de tuberías, pedazos de dignidad. Ella, astuta, se hizo amiga de los policías de la cuadra, del dueño de la farmacia, del barrendero. Tejía su red de influencias desde la azotea.

Ahora los que se quedan viven entre cableado pelado y olores a cloaca, pero con una fe inquebrantable. Creen poseer un tesoro invaluable: una administradora que «los ayuda mucho». Y así, en la miseria pintada de caridad, son felices. ¡Quién necesita agua corriente cuando se tiene la ilusión de ser el favorito! El edificio se vació de todo, menos de esa ingenua y sarcástica idea de justicia.Ahora viven felices, como borregos, maiceados. Jodidos pero felices