Enrique Escobedo

La vida institucional es, sin lugar a duda, uno de los principales componentes en la existencia de una nación, pues significa el asentamiento de un régimen y de un sistema de gobierno que vive al amparo del consenso y del acuerdo político entre los miembros de una población determinada.

Las instituciones públicas, privadas y sociales tienden a fortalecer las relaciones de convivencia pacifica y a encauzar el desarrollo de una nación. Lo cual significa que son la base del progreso y el crecimiento que ha desembocar en la movilidad social y la calidad de vida de los habitantes de la nación.

Para que se pueda hablar de una nación con vida institucional se requieren, al menos, tres pilares. El primero es que las instituciones se rijan por normas jurídico-administrativas que se apeguen a procedimientos de gestión que permitan dar certidumbre a la ciudadanía acerca de las repuestas esperadas, así como del comportamiento ético de los trabajadores de las organizaciones. Es decir, alejadas de ocurrencias burocráticas que cambian día a día. El segundo pilar es que las instituciones trasciendan en el tiempo. Lo cual nos lleva a tener la certeza social que los cambios de personal al interior de las mismas significarán mejoras en la prestación de los servicios, en la calidad, la oportunidad y el trato. En otras palabras, la gente pasa y las instituciones perduran. Finalmente, el tercero se refiere a la confianza ciudadana en las instituciones y en las personas servidoras públicas, pues la confianza es un valor precioso y axiológico que si acaso se pierde, muy difícilmente se recupera.

Si un gobierno es predictible, se desempeña con certidumbre y sin ocurrencias y permite la apertura de la transparencia y rinde cuentas alcanzará la confianza que engendra eso que llamamos vida institucional. De ahí que se trata de un equilibrio políticamente delicado, socialmente respetado y económicamente de cuidado. Las instituciones deben ser respetadas por los gobernantes y por los ciudadanos.

Las consecuencias de no tener vida institucional son, entre otras, el engendro de la corrupción, el contubernio gubernamental con grupos delincuenciales, la falta de inversión nacional y extranjera, migración y fuga de cerebros, fragmentación de la sociedad, un sistema político con pocas reglas escritas y muchas no escritas, comunicación social basada en cortinas de humo, políticas públicas erráticas, aislamiento internacional y, a la larga, el resquebrajamiento de la convivencia social.

Cuando hablamos del país de un solo hombre nos referimos en automático a una nación sin vida institucional, dictatorial y escudada, en muchos casos, detrás de un partido de Estado. Las instituciones no pueden conducirse por caprichos y ocurrencias de un jefe máximo, pues además de lo escrito arriba tienden a cultivar vientos que acabarán en tempestades y quienes más sufrirán y pagarán las consecuencias no son usualmente quienes integraban la élite política, sino la población.

México, guste o no, logró consolidar vida institucional que le permitió transitar de un partido hegemónico a la democracia pluripartidista. Después del movimiento armado de 1910 los mexicanos fuimos viviendo, en lo general, en el marco de instituciones políticas, económicas, sociales y culturales que permitieron movilidad social. Fue un modelo de desarrollo que se agotó y a la larga creó extremos de opulencia y de indigencia. De ahí la necesidad de que se redefiniera otro modelo, pero no mediante la implantación de uno peor.

Las encuestas sociales en torno a la confianza aún no se publican. Pero mucho me temo que muchas instituciones ya han perdido confianza ciudadana y, por lo tanto, mengua la vida institucional. Lo que es un hecho es que la presidenta Sheinbaum tiene una alta aprobación social, pero no es lo mismo simpatía por ella que vida institucional y yo prefiero, por mucho, la segunda.