Inicio Ciudad Tlatelolco su historia…y la mía

Tlatelolco su historia…y la mía

Judith Sánchez Reyes

El pasado 21 de noviembre, Tlatelolco cumplió 60 años de su inauguración. Me pone la piel chinita saber que parte de mi historia de vida es una de las tantas que han nacido en alguno de los departamentos de esta icónica colonia del norte de la Ciudad de México.

Yo me enamoré de esta emblemática colonia, por un tlatelolca de nacimiento: mi esposo. Era fascinante escuchar cada una de las anécdotas de su infancia, de cómo nunca tuvo que cruzar calles para ir a la escuela, al deportivo o a las casas de sus amigos.

Envidiable saber que, en esos años, el único peligro que asechaba a un niño era su inconsciencia de subirse a un árbol, escalar la fachada de un edificio o subirse al último piso, sentarse en la orilla y balancear los pies; cosas que él, sus hermanos y sus amigos hicieron decenas de veces.

La primera vez que me contó que por los angostos centímetros de la orilla del Puente de Piedra o Puente Rojo, que conecta la primera con la segunda sección (por encima del actual eje de Guerrero), bajaba en patines o con una de las marcolitas, mi expresión fue ¿cómo demonios no se rompieron los dientes haciendo eso?

Pero cuando me narró sus decenas de recorridos por los oscuros ductos del sótano que conectaban a los edificios, mi pensamiento era: si yo pudiera regresar el tiempo quisiera ser niño (solo unos días) y vivir en Tlatelolco.
La libertad que percibía en cada palabra me atrapaba, eso es lo que quería para mi hijo; claro, con ciertas excepciones.

Sus vivencias de la adolescencia y la adultez, reflejaban un Tlatelolco bronco en donde, como en todo barrio, comenzaba la lucha por sobrevivir y definir porqué línea caminar.

Sin duda, el terremoto del ‘85 no es un capítulo al que se le pueda dar la vuelta, y aunque él no lo vivió, ya que se encontraba en Aguascalientes, supo de lo terrorífico y traumático que fue al ver el rostro de su madre y hermanos, y de saber de la muerte de varios vecinos.

La decadencia de la colonia, tras este fenómeno telúrico y decisiones personales, lo orillaron a jurar que “nunca regresaría a Tlatelolco”… y hoy, aquí estamos.

Aunque traté de respetar esa decisión, en las opciones que buscamos para iniciar nuestra familia no aceptaban niños ni perros. Uta, estaba embarazada y Fizkarraldo, un labrador color miel, debía estar con nosotros.

Así que buscamos “depa” en Tlatelolco y después de visitar tres de ellos, encontramos uno, muy cerca del metro, cuyos dueños y sus hijos hoy son entrañables amigos.

Por fin, podía trasladarme a mi trabajo, sin levantarme tres horas antes, la conexión con varias vías de comunicación simplemente era: fan tás tica, todo estaba a la mano.

Cuando mi hijo tenía cuatro años, un día íbamos a la primera sección a comprar pan, cruzamos el Puente de Piedra, cuando estábamos por bajar la pendiente el carrito paseador se zafó de la agarradera, tomando gran velocidad. El abuelo y yo gritamos de pánico, pidiendo que alguien lo detuviera, mientras que el chamaquito divertidísimo – Graullera tenía que ser – pedía volver a repetir la experiencia. Afortunadamente un vecino logró “caharlo” sin un rasguño; a años de distancia muero de risa al recordarlo, pero ese día casi muero del susto.

Por azares del destino, en el 2012 y en 2018 se me hizo la invitación a participar en la política, para representar a mis vecinos a nivel federal y a nivel local; respectivamente, bajo las siglas de dos partidos políticos distintos y, diferente al que gobernaba en la Ciudad de México y en la entonces delegación Cuauhtémoc, conocía el trabajo legislativo, conocía mi barrio y las colonias aledañas que integraban los distritos electorales, así que recorrí calles y toque puertas. Los números no me favorecieron, pero me quedé con una gran experiencia y conocí a muchos vecinos.

Por supuesto, con muchos he coincidido, con otros definitivamente la perspectiva de hacer las cosas en “comunidad” no es la misma, pero siempre dispuesta a abonar en lo que pueda traducirse en un beneficio para esta “ciudad dentro de otra ciudad” llamada Tlatelolco.

Definitivamente, en estos últimos 18 años he vivido tranquila, con el sobresalto de algunos temblores, a excepción del 19 de septiembre de 2017, pero feliz caminando por sus pasillos, disfrutando sus áreas verdes, degustando platillos en lugares que fueron emblemáticos, como la Oly, y conociendo aquellos de nueva creación, como Gris Café.

En estos 60 años de historia, muchos de los que somos parte de ella nos resistimos que al esbozarse el nombre de Tlatelolco sea solo referencia de muerte y destrucción, pues Tlatelolco va más allá de eso, pues Tlatelolco fue, es y seguirá siendo un lugar excepcional para vivir. Y hoy en su cumpleaños solo quise compartir mi historia, como una más de tantas que se escribieron en Tlatelolco.