Por Rubén D. Arvizu

La visita de tres días del rey Carlos III a Washington comienza este lunes, y su objetivo y posibles resultados siguen siendo motivo de polémica.

El líder del Partido Liberal Demócrata, Ed Davey, pidió formalmente que la visita fuera cancelada. Ante el Parlamento declaró: “Seguramente el primer ministro no puede enviar al rey a reunirse con un hombre que trata a nuestro país como un jefe mafioso que cobra por protección”. El primer ministro Keir Starmer defendió el viaje argumentando que la monarquía “representa los lazos históricos entre ambas naciones,”

En los últimos meses, Donald Trump ha criticado públicamente a Gran Bretaña por su decisión de no unirse a la acción militar estadounidense en Irán, ha desestimado las capacidades militares británicas y atacado repetidamente a Starmer, llegando a decir: “Este no es Winston Churchill con quien estamos tratando.

En este contexto, una gran parte de la opinión pública británica no considera la visita del rey como un gesto diplomático, sino más bien como “una capitulación”. A esto se suma un hecho que la Casa Real ha preferido ignorar. El congresista demócrata Ro Khanna solicitó formalmente que el rey se reuniera con los supervivientes del pederasta Jeffrey Epstein durante su visita a Washington. El 22 de abril, Khanna anunció que los abogados del rey Carlos rechazaron dicha solicitud.

La negativa resulta particularmente incómoda porque el hermano del monarca, el expríncipe Andrés —hoy conocido simplemente como Andrew Mountbatten Windsor, despojado de todos sus títulos reales en noviembre de 2025— fue degradado precisamente por sus vínculos con Epstein. Es la primera vez en más de cien años que un miembro de la familia real británica pierde su título: el último precedente fue en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, cuando el rey Jorge V despojó de sus títulos británicos a varios parientes reales que habían combatido del lado alemán.

Un rey que se presenta como defensor del medio ambiente y de los valores éticos —y que, como jefe de la Iglesia anglicana, representa una tradición cristiana— llega hoy a Washington para tomar el té con un presidente que ha insultado al Papa, amenaza con destruir civilizaciones enteras, retira a millones de hectáreas su condición de áreas naturales protegidas y aprueba perforaciones petroleras invasivas y peligrosas en el Golfo de México.

El debate refleja una pregunta más profunda sobre los límites de la diplomacia simbólica: aunque la familia real pueda ayudar a preservar la imagen de la histórica alianza entre ambas naciones, no puede blindar esa relación de las tensiones políticas que emergen entre sus líderes.

El rey Carlos III tiene hoy la difícil oportunidad de ajustar el tono y el mensaje de su visita. De lo contrario, pasará a la historia no como un líder sensato, sino como alguien que optó por el silencio y el oportunismo político ante la figura más controvertida que ha ocupado la Casa Blanca en la era moderna.

Rubén D. Arvizu- Escritor y ambientalista.