Ivette Estrada

Al heredero de la luz, materializado con polvo de estrellas, le dieron un pliego con diez recomendaciones de vida. Son éstas:

  1. Amarás a Dios sobre todas las personas y cosas, porque es la única creencia que te permitirá subsistir cuando tu mundo y filias se derrumben.
  2. No tomarás el nombre de Dios en vano. El único instrumento que posees para cambiar la realidad es tu percepción y ésta se determina por las palabras que empleas. Cuando cada vocablo e idea que emites está plagada de tu verdad, tiene el don de transformar lo que llamamos realidad. Por eso rehúsa mentir, porque limitas tu propia capacidad creadora.
  3. Santificarás las fiestas. Cuando confieres un halo de divinidad u ofrenda a Dios en todo acto, por pueril o pagano que parezca, conviertes en consciencia cada acción y cada momento se vuelve relevante y trascendental en tu vida.
  4. Honrarás a tu padrea y a tu madre. Alaba tus raíces y haz que tus ancestros se alborocen de que eres digno de consideración y amor en esta realidad tridimensional.
  5. No matarás. Tus manos son para crear y enaltecer la vida, todos los seres del reino animal y vegetal requieres tu consideración y aprecio.
  6. No cometerás actos impuros. Es decir, contrarias a la esencia de la verdad y el amor. No harás nada que contradiga tus valores, porque será atentar contra ti mismo.
  7. No robarás. Porque quitar lo que pertenece a otro es asumir que tú no puedes lograrlo. Todo lo que anhelas ya lo tienes, no necesitas despojar a otros de sus bienes.
  8. No dirás falsos testimonios ni mentiras. Eso socava tu propio poder de realización y creación.
  9. No consentirás pensamientos, ni deseos impuros. La pureza es lo que eres. No puedes contravenir tus valores y juicios, no debes ser desleal contigo mismo. Y eso implica desdeñar a quien te hace dudar de tu poder y logros. Eres magia y perfección. No lo olvides.
  10. No codiciarás los bienes ajenos.  Querer las posesiones o realidad de otro te limita y “abolla” tu propia realización y brillo. Opaca tu poder y debilita tu autoconcepto, el único signo verdadero de poder.