Carlos Ramos Padilla

No es sorpresa que el gobierno federal cambia libertad por información y no me refiero a los evidentes casos de protección e impunidad hacia políticos y funcionarios con negro historial, sino a aquellos que han sido aprehendidos y se les insinúan negociaciones a cambio de revelar datos y eventos que comprometan a personajes y administraciones del pasado.

¿Casos? Rosario Robles y Emilio Lozoya e incluso me atrevería a mencionar a la maestra Elva Ester Gordillo. Sin embargo, el presidente que presume de una integridad a toda prueba está rodeado de los más cínicos abusadores como Rene Bejarano, Gustavo Ponce, Eva Cadena, Pío López, Felipa Obrador. Otros más que el mismo AMLO ha acusado de corruptos públicamente como Bartlett y Alfonso Romo.

Luego los antecedentes de figuras como Napoleón Gómez Urrutia, Marcelo Ebrard, César Yáñez, Delfina Gómez y la misma Claudia Sheinbaum que han sido involucrados en irregularidades que suman hasta muertos como los linchamientos en Tláhuac o la tragedia de la Línea 12 (curioso el Metro liga a Ebrard y Sheinbaum en el desplome de convoy -incluyendo a Florencia Serranía- y a la jefe de Gobierno en la tragedia del Colegio Rébsamen).

En días recientes la explosión del comportamiento y lujo de su hijo mayor José Ramón y las herencias de terrenos en Tabasco y jornadas “empresariales” de sus hijos. Pero se destapa otra pestilente coladera y vuelve a involucrar al que “es como mi hermano”:

Julios Scherer quien era encargado/consejero ni más ni menos que de los asuntos jurídicos de la presidencia. Ya sabemos él discursos mañaneros del Ejecutivo: “yo no sabía, es una consola del neoporfirismo”.

Es increíble entender que en las oficinas más poderosas del gobierno se viva la extorsión, el abuso de autoridad y poder. Que esos funcionarios tengan y mantengan muchas propiedades, viajes increíbles, autos de lujo, se paguen autoexilios, bodas multimillonarias y vivan en la opulencia mientras el presidente asegure que no está informado, que sus elegidos son pulcros y que todo lo demás es conservadurismo y “compló”.

Juan Collado, José Antonio Rivero Larrea, Julio César Villarreal Guajardo, Juan Antonio Araujo Riva Palacio, David Gómez Arnau, César Omar González, Isaac Pérez y Santiago Nieto estarán en breve en el ya largo listado de personajes involucrados en descrédito. Pero AMLO acusa a los españoles de saqueo, a los panameños de “Santa Inquisición”, a los estadounidenses de “metiches” y a los rusos de “invasores” cuando la pestilencia en Palacio ya está siendo insoportable, aunque coloquen barricadas para que “el pueblo bueno” no se acerque.

Recordemos que Juan Collado fue detenido mientras concluida una comida con un líder protegido por AMLO e impune de muchas acusaciones como Romero Deschamps. Duras los postulados de Juan Collado cuando señala “Este grupo de delincuencia organizada, bajo el amparo de instituciones del Estado Mexicano creó una red de complicidades para obtener beneficios económicos”.

Ahora que en la aritmética básica se sume el despilfarro a la nación entre sobornos, extorsiones, rapiña, mansiones en el extranjero, campañas electores fuera de la ley, adjudicaciones directas, corrupción administrativa, sobregiros en al Tren Maya, Dos Bocas, Santa Lucía, banco del Bienestar, la burla de la rifa del avión presidencial con severas irregularidades de la Lotería Nacional, compra de “respiradores” y equipo contra el Covid a sobreprecio, entre otras cosas, el presidente quedará cómo está, en ridículo persiguiendo el sueldo de periodistas y consejeros del INE.

El desfalco a la nación es y será histórico, impresionante, sin referente alguno, lo he anticipado. Y hoy nos enteramos que el consejero jurídico de la presidencia le mete un tiro al gobierno de esos de los que el presidente no se podrá recuperar.

AMLO ya agotó sus espacios para recuperar credibilidad y estabilidad económica. Ojalá y en estos días en su gustada sección “quién dice más mentiras” ofrezcan las fotografías y nombres de los más cercanos al presidente. A cualquiera que los protegió, apoyo y encubrió se le caería la cara de vergüenza y presentaría sino su dimisión si una disculpa franca y abierta mientras ordena, cómo la libertad de Ovidio, la inmediata investigación y aprehensión de sus colegas.

Por lo menos que los detengan ante la presunción, como en el caso de Robles Berlanga, de que se pueden dar a la fuga y no vaya a ser una de dos: que nos cueste carísima la intervención de la Interpol para extraditarlos como a Lozoya y acaben con “anemia” en el Hunan o bien que nos enteremos que un contratista de Pemex les “rentó” su mansión para escapar de la moral obradorista.

¿Cuántos de los íntimos del presidente aparecerá en las oficinas para devolver al pueblo lo robado? Y que conste que es pregunta. ¡Esperemos que los primeros en presentarse ni sean los hijos privilegiados!