Enrique Escobedo

La salud mental tiene, al menos dos planos básicos, el individual y el social. El primero es un asunto de psiquiatras y psicólogos. El segundo cae en el amplio campo de sociólogos, politólogos, filósofos, estudiosos, escritores y gente preocupada por la cuestión social. Léase, es un campo multi e interdisciplinario en el que la observación es lo básico. De ahí que no se necesita tener un título universitario a fin de preguntarse acerca de las conductas sociales provocadoras y sus manifestaciones violentas. Léase, la salud mental social nos dice cómo responden los diferentes estratos socioeconómicos ante el estrés laboral, las formas de interacción social debido a resentimientos o las expresiones de solidaridad comunitaria en el día a día.

Por lo anterior, para fines de este artículo, me referiré a la salud mental social, grosso modo, acerca de los comportamientos sociales acometedores de los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de México. Es un tema serio y profundo. De ahí que sólo plasmaré algunas conclusiones de mis observaciones. 

De entrada, es fácil observar el temor social de ser asaltados o víctimas de estafas informáticas, pues los criminales quedan impunes ante la falta de resultados preventivos y correctivos. Por eso los gobiernos de las señoras Sheinbaum y Brugada cacarean estrafalariamente cuando sus respectivos mandos policiacos llegan a atrapar delincuentes. Saberse altamente vulnerables ante la delincuencia organizada o asaltantes comunes desencadena mucho estrés entre la sociedad y consecuentemente la desconfianza hacia las instituciones crece. Algo peor, también se ensancha la resignación al aceptar que nada se puede hacer. Ni siquiera acudir a los ministerios públicos y a las corporaciones policiacas, pues existen indicios no comprobados de confabulaciones entre los maleantes y algunas autoridades que supuestamente nos deben proteger y defender. Queda claro que ese diagnostico en nada ayuda a la salud mental individual y social.

El gobierno del señor Mancera publicó, a mediados de su gestión, que el promedio de horas/transporte de los habitantes de la Zona Metropolitana del Valle de México era de cuatro horas. Ignoro si la administración Sheinbaum actualizó ese estudio el sexenio anterior. Pero eso es poco relevante. El hecho es que desgastarse dos horas de ida a un trabajo y dos horas de regreso a casa es un trayecto que atenta en contra de la salud mental. 

Un tercer ejemplo es el referente al costo de la vida. Es cierto, por un lado, que el salario mínimo se ha visto beneficiado por los gobiernos de Morena, también es verdad que la inflación, oficial y no oficial, también se ha incrementado. Trabajar y percibir un salario digno es una aspiración legítima y fundamental si lo que se desea es salud mental social. Tener dinero a fin de pagar alimentación sana, de tener acceso a servicios públicos o privados de salud, de acudir a centros educativos de calidad, de gozar del esparcimiento cultural y deportivo y poseer una casa son estímulos y pruebas de calidad de vida. Empero dicha calidad de vida está aun muy lejana. Vivir al día es desgastante y a la larga agotador. En consecuencia, eso afecta la salud mental de la sociedad.

Nuestra cotidianidad son agresiones verbales, egoísmos intrafamiliares, comunicación en redes sociales mediante emoticonos sustitutos de expresiones lingüísticas ricas en pasiones, divisiones maniqueístas creadas por los grupos políticos sin visión de Estado. Es decir, vivimos en la falta de empatía social y eso deteriora la salud mental. Ergo, somos ciudadanos enfermos y muy alejados del vigor mental optimista. Temor y violencia nos agobian y poco hacemos – gobierno y sociedad – para aliviarnos.