Rubén D. Arvizu
En medio del caos que devora a Estados Unidos — que aún se jacta de ser faro de la democracia mientras apaga sus propias luces—, el 7 de enero de 2026, en Minneapolis, Renée Nicole Good, de 37 años, madre divorciada con tres hijos (una hija de 15 años y dos hijos de 12 y 6), fue baleada fatalmente por el agente de ICE Jonathan Ross, mientras intentaba alejarse len su camioneta, después de decir con calma: «Está bien, amigo, no estoy enojada con ustedes». No aceleró su vehículo hacia nadie. No intentó atropellar al oficial. Los videos de testigos, aún el tomado por el propio Ross, los ojos de quienes estaban ahí: todo indica lo contrario. Ella giró las ruedas hacia la derecha, sin prisa violenta, y Ross disparó tres veces.
Renée no era una extraña en su comunidad. Vivía en el sur de Minneapolis con su compañera esposa y su hijo pequeño. Era una poeta galardonada: en 2020 ganó el Premio de la Academia de Poetas Estadounidenses en la Universidad Old Dominion por su poema Sobre Aprender a Diseccionar Fetos de Cerdo, una pieza que transforma la frialdad de una disección en la clase de anatomía en una metáfora dura: el bisturí que corta el feto del cerdo revela el secreto de la vida y la muerte, y con él se pierde para siempre la inocencia infantil ante la crudeza del conocimiento científico. Renée escribía para recordar que somos más que carne diseccionada; somos seres que sienten, que aman, que resisten.
Ese día fatal ella era parte de ICE Watch (Vigilantes de ICE), un grupo vecinal que alerta y observa operativos de inmigración para proteger a los vecinos. Un acto de solidaridad pura. Y por eso la mataron. Tan solo unas horas después, sin presentar pruebas, la secretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem la tildó de «terrorista doméstica» que «intentó asesinar» a un agente con su vehículo. El ataque continuó con el presidente Donald Trump y el vicepresidente J.D. Vance repitiendo la mentira: «Violentamente, deliberada y salvajemente atropelló al oficial de ICE». Pero los videos contradicen todo. Testigos oculares, periodistas, el alcalde Jacob Frey, el gobernador Tim Walz: todos lo vieron. No fue ataque. Fue ejecución.
El domingo 11 de enero, en el programa Meet the Press de NBC, el «zar de la frontera» Tom Homan distorsionó la verdad. Presionado por la entrevistadora Kristen Welker, dijo: «No sé qué sabe la secretaria Noem», y luego agregó: «lo que sé es que lo que hicieron es ilegal… y si miras la definición de terrorismo, ciertamente podría encajar en esa definición». Sin evidencias, haciendo eco de propaganda para justificar lo injustificable.
Esto desató una reacción nacional e internacional. Vigilias con velas, tambores nativos, miles de manifestantes en las calles de Minneapolis, Los Ángeles, Nueva York y más ciudades. El FBI tomó la investigación y bloqueó la participación de la Oficina de Aprehensión Criminal de Minnesota. El alcalde Frey declaró enérgicamente «Le digo a ICE, que se larguen de Minneapolis». El gobernador proclamó el 9 de enero como «Día de Renée Good». Pero, más agentes de ICE continúan las redadas y los acosos.
Renée era una luz brillante. Sus vecinos dicen que era “todo un sol», «madre afectuosa», alguien que vivía la compasión cada día. Su esposa Becca declaró: «Estábamos criando a nuestro hijo para que creyera que, sin importar de dónde vengas o cómo luzcas, todos merecemos compasión y bondad. Renée vivía esta convicción todos los días».
Tres hijos ahora sin madre. Un poema que quedó inconcluso.
Esto no es solo una muerte. Es un recordatorio de que somos frágiles, un grano de polvo suspendido en un rayo de sol. Y cuando el poder pisa esa fragilidad —con balas, mentiras, etiquetas de «terrorista»— mancha todo el mundo que compartimos. Renée salió a proteger a otros porque sabía que la humanidad no sobrevive con miedo y fuerza bruta, sino con bondad, con palabras que anulan la oscuridad, con cantos que llevan esperanza.
Que su nombre no se borre en la niebla del olvido. Que su poesía siga resonando. Que las mareas positivas sigan subiendo hasta que la justicia limpie esta mancha. Descansa en paz, Renée Nicole Good. Tu luz no se apaga. Nosotros la llevamos ahora.












