Enrique Escobedo
Poder, prestigio y dinero son algunos de los principales objetivos que muchos seres humanos buscan en la vida, pues potencialmente pueden ser alcanzables. El poder como la capacidad de mandar y ser obedecido se encuentra muy fácilmente entre la clase política; de hecho, el poder es embriagante y hace de la ambición en algunas personas una sed insaciable. El dinero es una necesidad a fin de evitar carencias, es un bien que algunas personas ven como un medio cuyo propósito es tener satisfactores de vida, de gozar de algunos placeres y de tener certidumbre y confianza ante los avatares del futuro; para otras personas es un proyecto de vida y una obsesión de acumulación enfermiza de capital. De ahí que es común que mucha gente concibe al dinero como un valor. Finalmente, el prestigio es un reconocimiento social que se obtiene mediante méritos laborales, el desempeño honrado y honesto del oficio o profesión que realizamos cotidianamente en nuestra vida y en el trato con los demás. Es un bien que se obtiene a base de esfuerzos, constancia, aseo en las formas y pulcritud en el trabajo. Es tal vez el más difícil de obtener y, paradójicamente, el más fácil de perder.
Cuando leemos acerca de la biografía de personajes en la historia es fácil concluir que, por ejemplo, Alejandro Magno o Julio Cesar ambicionaban sobre todo el poder y el prestigio, léase, poder para comandar a su tropas y prestigio como brillantes militares. Otros como Napoleón Bonaparte o José Stalin solo se satisfacían por el uso y abuso del poder; ni el dinero, ni el prestigio les preocupaban. Por otro lado, vemos personajes como Walter Chrysler o Henry Ford cuya obsesión era el dinero; claro que la calidad de los vehículos que producían era buena, pero ante todo su prioridad era la acumulación de capital. Es decir, su poder emanaba de sus recursos financieros y su prestigio por su capacidad de producción, pero no trascendieron por su calidad humana. Es cierto que los seis personajes aquí nombrados son objeto de admiración por algunas personas. De ahí que dicha triada es un asunto social y personal.
Ahora bien, pasemos al caso de seres humanos que ante todo buscaron gozar del prestigio como seres humanos; ahí encontramos en calidad de ejemplo a Víctor Hugo, Marie Curie o Gabriela Mistral. Personajes, es cierto con bastante vanidad, pero que se cuidaban bien de asegurar su prestigio en el ámbito de sus actividades y, a la vez, mediante una vida discreta en lo posible.
En la historia de los últimos siete años de México se observa que quienes integran la clase política en la actualidad están obsesionados por el poder y el dinero, su mascarada de humanistas ya se les cayó. Llegaron vendiendo que para ellos el poder es la capacidad de servir, que el dinero es neoliberal y que, ante todo, el prestigio de no robar, no mentir y no traicionar eran sus principios morales.
La cúpula morenista no tiene escrúpulos, ni formas, ni aseo, ni cuidado en su desempeño. Su improvisación es un lastre para México y ya quedó nítido que la actual clase gobernante ambiciona el poder y desea perpetuarse en él. Anhela el dinero, pues son muy avaros y, en el fondo, el discurso de primero los pobres nunca se lo creyeron. No les interesa el prestigio, pues creen que, al ser dueños de los libros de texto gratuitos, la historia los absolverá.
No cabe duda, cumplir con la triada de poder, prestigio y dinero es algo difícil de obtener, pero no imposible. Lo triste es que en México es difícil encontrar ejemplos.













