Miguel Ángel López Farías

No voy a engañar a nadie, lo he dicho en innumerables ocasiones: soy antiaborto, y no espero el linchamiento de sus defensoras ni el aplauso de los conservadores, soy un creyente del derecho a la vida en cualquiera de sus rostros y cada que el temita aparece en la marquesina publica refrendo esto que significa una bandera de congruencia y constancia: la vida es  sagrada, la procreación es  un acto que no tendría que ser discutido y ojo, para quien me conoce  soy un ferviente come curas, critico de los ensotanados pederastas, pero también acepto la virtud de los hombres de la iglesia que demuestran su alma generosa y profesan con el ejemplo lo que creen de Jesus.

Pero igual no creo que los extremos, en el caso de las mujeres, que decidieron utilizar su cuerpo como trinchera de batalla para gritarle al mundo que están en su derecho de hacer con él lo que se les pegue la gana, y claro que hay mucho de razón en ello, solo que en esta discusión se dejan los puntos intermedios fuera, me explico: el aborto no es el fin último ni debe ser el primero, antes de que se llegue a ese acto se deben contemplar las mil variantes para darle carta de naturalización, la primera es la manera en como la sexualidad es abordada en el sistema educativo y de instrucción tanto social como familiar, se debe hablar desde el hogar mismo sobre lo que implica tener relaciones, y no porque sean malas, ser claro en  las medidas de prevención para evitar embarazos no deseados, existen condones y pastillas que hoy por hoy son tan fáciles de comprar que resulta un insulto no traer un preservativo en la cartera, pero en el hogar ni se toca el tema.

Nuestros jóvenes son actores primordiales de esta franja de responsabilidad, y recalco, esto debe estar dirigido tanto a chavos como jovencitas, se ha creado la idea de que todo el problema atañe a ellas, cuando es así, el hombre insemina, embaraza y patriarcalmente es hecho a un lado como si no tuviese algo que ver.

Es una estupidez no querer ver que vivimos en mundo en donde todo es sexualizado, luego entonces por qué no quitarnos la venda de los ojos y reinventar la manera del cómo les comunicamos a los más jóvenes que abortar tienen que ser la última opción, una que no debe convertirse en práctica común, ni la salida más recurrente ante el “desliz” de una tarde de calentura, y seré puntual hoy como he sido antes: abortar cuando el embarazo es producto de una violación o al ponerse en peligro la vida de la madre o  que la jovencita sea en realidad una niña, ahí sí sin dudarlo, ahí no existen  argumentos en contra.

Pero querer ver el aborto como un movimiento natural en donde lo que viene a la vida se puede arrancar solo porque se tuvo un “descuido” francamente no nos hace ni más responsables ni nos coloca como un país moderno y mucho menos humanista. ¿por qué no insistir en que el ambiente social en México se convirtió en uno de los campos más violentos, agresivo sin duda en contra de las mujeres, aquí sí, preocupante al grado que los feminicidios no bajan?

Hemos perdido la brújula en la escala de valores en donde la vida es vista como un desecho, sin ningún tipo de valor, sin que se defienda, ni para las víctimas del crimen, ni para las mujeres, ni para aquellos que no pidieron venir al mundo.

Y en la cúspide de las paradojas tenemos a que en México se le cuida y respeta los derechos humanos a un asesino, a un criminal, pero se le condena a un ser vivo que desde la más absoluta indefensión es condenado a morir antes de abrir los ojos.

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