Miguel Ángel López Farías  

Todo indica que el infernal fin de semana del presidente López Obrador aún no concluye, me refiero a las derrotas de su partido en Hidalgo y Coahuila, lo de su hermano Pío y la demanda en contra de Loret, la sutil comparación del ingeniero Cárdenas con su padre, el general Lázaro y su mano política para ser tolerante ante la crítica y ahora la persistencia del de Tabasco para negar que en México se vive un rebote covidiano en ocho estados del país, para el presidente es un » todo va bien», contrario a la posición de la Secretaría de Salud y hasta de su disminuido rockstar López-Gatell.  

El grave error del mandatario es el envío de señales a un grueso de la ciudadanía que termina autorecetándose un cómodo relax frente a la posibilidad de que México se vuelva a pintar de semáforo rojo, una advertencia que la misma jefa de Gobierno Sheinbaum ha reiterado, algo así como » chilangos, no sean así y no se expongan al contagio tomando las cosas como si el COVID no existiera». 

Pues para el presidente todo se reduce a la terca posición de hacer creer que el COVID no mata, que no debe usar cubrebocas, que él es inmune al bicho y que su feligresía comparte ese escudo divino solo por qué él lo dijo desde el púlpito. 

La ruta de los cien mil muertos por COVID-19 en México es toda una realidad y ha sido el gobierno, encabezado por López Obrador, el promotor de los aires de indolencia que se respiran entre muchos mexicanos, aptos para creer en los milagros tlatoanicos pero no en el desastre de salud que se presenta todos los días.  

La tarea de los medios de comunicación serios consiste en advertir que de ninguna manera hemos pasado la tormenta, que los contagios continúan, que ejemplos en la historia existen, como la gripe española (mal bautizada, pues fue gripe entre las tropas gringas que se desplazaron tras la primera guerra mundial) y que durante el primer año significó un número bajo de personas muertas, la gente de aquella época relajo las medidas y el rebrote de esa pandemia fue brutal al año siguiente, generando que más de 40 millones de personas perdieran la vida.  

Tal parece que para el mandatario todo se resume en polémica, en abrir frentes de discusión para no asumir el debate real sobre el estado de las cosas.  

Muy mal, tan mal como resistirse a ser él, el primero en colocarse un cubrebocas y ahora tratando de esconder el fracaso de su gobierno en materia de respuesta a la llegada desde hace meses del COVID-19.  

Meter su derrota debajo de la alfombra es también un acto de irresponsabilidad tremendo… así no se anotará en el libro de los héroes de la historia.