Teófilo Benítez Granados 

Rector del Centro de Estudios Superiores en Ciencias Jurídicas y Criminológicas (CESCIJUC). 

La educación superior en México atraviesa por una grave crisis. Esto presupone un gran obstáculo para el crecimiento y repunte económico después de la recesión causada por el Covid-19. 

Si consideramos que la educación es uno de los factores que más influye en el avance y progreso de personas y sociedades, tenemos muchos obstáculos por sortear. 

Debemos considerar que la educación es necesaria en todos los sentidos, para alcanzar mejores niveles de bienestar social y de crecimiento económico: para nivelar en lo posible las desigualdades económicas y sociales, para propiciar la movilidad social de las personas, acceder a mejores empleos, elevar las condiciones culturales y las oportunidades de los jóvenes. 

Asimismo, la educación sirve para vigorizar los valores cívicos y laicos que fortalecen las relaciones de la sociedad, para el avance democrático y el fortalecimiento del Estado de Derecho, para impulsar la ciencia, tecnología e innovación y hasta para disminuir el índice de actos delincuenciales en el país ahora que se registran 2,979 homicidios dolosos y 78 feminicidios al mes de acuerdo a informes de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana. 

Hoy, más que nunca, la educación es importante para el desarrollo, porque el mundo está inmerso en profundas transformaciones, motivadas por el avance de la ciencia y sus aplicaciones, así como por el desarrollo de los medios y las tecnologías de la información. 

En un momento en el que requerimos revertir las diferencias sociales que aquejan al país, educar significa actualizarse en el conocimiento, abordar los retos de comunicación, decodificar las nuevas formas de lenguaje y formar a la persona para que tenga posibilidades de acceso a las nuevas tecnologías. 

En las economías modernas, el conocimiento se convierte en uno de los factores más importantes para el desarrollo y para la producción. Las sociedades que más avanzan en lo económico y en lo social son las que logran cimentar su progreso en el conocimiento, tanto el escolarizado como el proveniente de la investigación. 

Vale remarcar que de la educación, ciencia e innovación tecnológica dependen cada vez más la productividad y competitividad económica, así como buena parte del desarrollo social y cultura de las naciones. 

La experiencia mundial muestra la existencia de una estrecha correlación entre el nivel de desarrollo de los países, en su sentido amplio, con la fortaleza de sus sistemas educativos y de investigación científica y tecnológica. 

Según estudios de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), un año adicional de escolaridad en un país determinado, incrementa su Producto Interno Bruto (PIB) entre cuatro y siete por ciento. 

Justo ahora que el senado aprueba la extinción de 109 fideicomisos, entre los que salen los de ciencia, investigación y cultura, debe considerarse que las erogaciones en educación no son un gasto. En la actualidad el conocimiento constituye una productiva inversión, estratégica en lo económico y prioritaria en lo social. En suma, la educación contribuye a lograr sociedades más justas, productivas y equilibradas. 

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