Por Rubén D. Arvizu
En un nuevo mensaje publicado esta mañana del martes 7 de abril en su red Truth Social, Donald Trump afirmó: “Una civilización entera morirá esta noche, y nunca volverá a ser reconstruida”.
Continuó su verborrea con referencias a un “cambio de régimen total”, “mentes menos radicalizadas” y el fin de “47 años de extorsión, corrupción y muerte”, rematando con un sarcástico “Dios bendiga al gran pueblo de Irán”, dirigido precisamente al pueblo al que amenaza con destruir.
Contradicción, crueldad y frivolidad en un solo párrafo.
Mientras tanto, Israel —con el respaldo implícito de Washington— ha intensificado sus bombardeos contra instalaciones petroleras iraníes, incluyendo la estratégica isla de Kharg, uno de los principales centros de exportación de crudo del país. Una afectación grave en esa zona podría interrumpir más del 20 % del suministro mundial de petróleo, con consecuencias económicas desastrosas a escala global: disparo de precios, inflación descontrolada y graves afectaciones a la economía de decenas de países.
Trump ha convertido la política exterior en un capítulo de reality show donde ya no se trata de “América primero”, sino de “Trump primero”, aunque el precio lo pague el resto de la humanidad.
En un mundo ya fracturado por conflictos, tensiones nucleares y crisis climática, este tipo de declaraciones no solo son peligrosas: son aberrantes. Amenazar con borrar una civilización entera no es signo de fortaleza. Es la expresión más cruda de la arrogancia del poder.
Ante esta realidad, más que nunca surge como único recurso constitucional el juicio político (impeachment), previsto en el Artículo II, Sección 4 de la Constitución de los Estados Unidos, que permite remover al presidente cuando su conducta pone en grave peligro a la República.
Complementariamente, la Enmienda 25 ofrece otro mecanismo para declarar la incapacidad del mandatario cuando sus funciones mentales están visible y públicamente deterioradas.
Este proceso no sería un acto de venganza política, sino el último recurso para proteger la democracia y detener el cataclismo que se nos viene encima.
Hay que aplicarle su frase favorita: ¡Estás despedido!















