Desde hace un cuarto de siglo, el biólogo Carlos Ruiz brega por salvar a un carismático monito de la selva atlántica brasileña: el tamarino león dorado, mejor conocido como tití leoncito. La pandemia amenaza con obstaculizar la suya y otras obras cruciales para la protección de especies y hábitats amenazados en todo el mundo.

Gracias a los denodados esfuerzos de reforestación, la población de estos animales en peligro crecía sin cesar hasta que un brote de fiebre amarilla en 2018 eliminó a la tercera parte de los tití. El equipo de Ruiz inició un experimento audaz: una campaña de vacunación de muchos de los monos sobrevivientes. Entonces llegó el coronavirus.

Primero fue necesario colocar en cuarentena a los miembros del equipo de Ruiz que habían quedado expuestos al virus. A continuación, a mediados de abril, el gobierno cerró los parques nacionales y las zonas protegidas tanto al público como a los científicos. Desde entonces los científicos no tienen acceso a las reservas donde vive el tití leoncito.

“Nos preocupa perder la ventana de oportunidad para salvar a la especie”, dijo Ruiz, presidente de la ONG Golden Lion Tamarin Association. “Esperamos poder realizar nuestro trabajo antes de que llegue una segunda ola de fiebre amarilla”.

Los científicos acatan las normas del gobierno, pero saben que los explotadores ilegales de la selva siguen entrando a los parques porque han destruido varias cámaras activadas por el movimiento.

En todo el mundo, la desviación de recursos del gobierno hacia la campaña contra la pandemia ha creado oportunidades para actividades ilegales, como la deforestación y la caza furtiva. Las cuarentenas también han detenido el ecoturismo que financia muchos proyectos ambientales desde las selvas sudamericanas hasta la sabana africana.

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