La diferencia entre literatura y
periodismo es que el periodismo
es ilegible y la literatura no es leída
Oscar Wilde
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Qué rápido se les terminó aquella supuesta autoridad moral, y no solo a los políticos de la Cuarta Transformación, también a sus “comunicadores”, aquellos que fueron creados para salir al paso en las conferencias matutinas de López Obrador y ahora de Claudia Sheinbaum Pardo; aquellos que se dijeron intachables, incorruptibles y hasta presumieron doctorados chafas, esos honoris causa que no se obtienen por estudiar, sino por mero reconocimiento, entregados a varios que nunca pisaron un aula universitaria.
Los modelos se agotan y varios de ellos se volvieron monstruos que, como en las películas, terminaron por rebelarse contra sus creadores. Así, algunos tuvieron que ser erradicados de las conferencias. Ahí está aquel falso pirata que incluso amenazó a una colega y AMLO apenas quiso mediar. Otros enfrentan procesos por acoso, también contra reporteras que incluso fueron despedidas de un medio ruso. Se sentían intocables.
Los periodistas van por la nota; como se dice en el oficio, la nota es la nota. Los otros no pelean por la información. En muchos casos ni siquiera conocen los géneros periodísticos, y varios hasta lo han reconocido. Solo tomaron un celular y se lanzaron a “informar”, sin técnica ni pericia. No van por la exclusiva, por la credibilidad o por la confianza de las audiencias; la lógica es simple: van por agradar al poder y no por incomodarlo.
Hoy algunos pelean por el presupuesto público. Se enfadan porque se sigue pagando publicidad a los grandes medios y, muy indignados, piden —eso sí, “con todo respeto”— quitarles dinero a otros para quedarse con una tajada más grande del pastel. Sienten que lo merecen porque han sido obedientes.
Una cosa es denunciar excesos en el gasto de comunicación social, algo que existe desde hace décadas, y otra muy distinta pedir que el poder castigue económicamente a quien piensa diferente, a los que llaman neoliberales o fifís. ¿Pues qué no las audiencias son distintas y de eso se trata la democracia?
Hay quienes incluso han pedido la expropiación de medios como TV Azteca, no solo por la deuda que, dicho sea de paso, debe terminar de pagar el empresario. Y no, no vivimos en una dictadura, aunque a varios de esos que se dicen garantes de la libertad de expresión les encantaría.
Durante años el obradorismo construyó el discurso de que la prensa tradicional era corrupta, vendida y privilegiada. Hubo de todo, sí, pero ese mismo Pejelagarto solo daba entrevistas cuando le convenía. A tantos años de distancia, aquello del “cerco informativo” parece haber sido más propaganda que realidad.
No se puede negar que había razones para cuestionar excesos del pasado, convenios inflados y periodistas convertidos en voceros disfrazados. Pero el problema es que muchos de los que se presentaron como “alternativos” terminaron soñando exactamente con lo mismo: dinero público, contratos, convenios y cercanía con el poder.
Ahí están en redes sociales los contratos de varios y, mientras todo sea lícito, no tendría por qué estar mal. El problema es la hipocresía de sus discursos.
El periodismo no debería depender de la simpatía del poder ni de la bendición de Palacio Nacional. Cuando un comunicador exige recursos públicos para sí y propone retirárselos a quienes cuestionan al gobierno, deja de actuar como periodista y empieza a comportarse como operador político. Y eso es exactamente lo que son: propagandistas del régimen.
Eso sí, que las audiencias sean implacables… pero mejor ahí la dejamos.
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