El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones
y maquinaciones de grandes malvados.
Entiendo que se subestima la estupidez
Adolfo Bioy Casares
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Para los amantes de la literatura siempre hay tiempo para echarle un vistazo a alguna novela conspiracionista; tiene grandes seguidores y hasta es una industria muy rentable. Los tiempos que vivimos en México bien pueden ser terreno fértil para que los autores encuentren fuentes de inspiración. Vaya que hay varios políticos que caen en gracia y hasta podrían protagonizar algún texto. Algunas de las características del género son la mezcla de misterio, paranoia, psicosis y el viejo truco del “te voy a contar lo que ellos no quieren que sepas”.
En esa espiral de una mano siniestra que mueve las cosas, pero que jamás se muestra —y no se nombra porque pierde el encanto— estamos metidos desde hace años. Desde el “compló” de los videoescándalos de funcionarios de López Obrador cuando era jefe de Gobierno del DF, pasando por las primeras marchas contra los altos niveles de secuestro que descalificó el Pejelagarto. Luego, en sus dos primeras campañas presidenciales, las del 2006 y 2012, acusando fraudes que no pudieron probar. Siempre los otros, siempre los invisibles. Y aunque los llamaba “la mafia del poder”, pocas veces les ponía nombre a quienes, según él, formaban esa cúpula.
Ya en la Presidencia, en su primer Informe de Gobierno del 1 de septiembre de 2019, con sus primeras crisis —la falta de combustible por la ordeña, la explosión en Tlahuelilpan, Hidalgo, entre otras— López Obrador sentenció a la oposición: “La oposición está moralmente derrotada”. De aquel viejo PRI que era una aplanadora en los noventa, nada quedaba. Lo del PAN y sus dos sexenios fue fugaz; la soberbia y la corrupción los acabaron. Y lo peor: en 2024 los tricolores ni candidato tuvieron, se la jugaron con Xóchitl Gálvez. El Pejelagarto ganó por algo así como 30 millones de votos y Claudia Sheinbaum por 36 millones: los barrieron.
Qué decir del discurso alegre de las dos dirigencias, tanto panistas como priistas, que no se rinden ante la evidencia de los números. Ellos insisten en que van por buen camino y que la derrota no se llama derrota. Hoy el PRI tiene 35 diputados y 6 senadores, y el PAN 72 diputados y 21 senadores. Entre ambos gobiernan solo seis entidades y, según las encuestas, podrían perder las que estarán en juego en el 2027.
Así que tenemos una oposición partidista chafita, disminuida, mientras otros intentan construir sus movimientos y convertirlos en máquinas competitivas rumbo al 2030. Pero es difícil emular lo que López hizo con Morena, fundado en 2011, registrado como partido en 2014 y que solo cuatro años después llegó a la Presidencia.
La oposición partidista representa muy poco en la ecuación de contrapesos. Dicho por ellos mismos, no les alcanzó para frenar ninguna de las reformas de López ni de Sheinbaum. Parte de lo que vemos en las calles desde “la marea rosa” y ahora con los de la generación Z son esfuerzos de la sociedad civil. Ahí también hay que inscribir a grupos de mujeres, madres buscadoras, sector médico, el movimiento del sombrero, transportistas, productores y ahora los de la CNTE. Las demandas son diversas e incluso contradictorias políticamente, pero ahí van. No todo es partidista y no es un libro de extrañas conspiraciones contra el “mejor gobierno”.
Para una oposición—partidista y ciudadana—moralmente derrotada y casi testimonial, el gobierno les da demasiada importancia. Solo para aclarar: ¿esa oposición “chafita” tiene poder para movilizar a los grupos antes mencionados? ¿En serio?… ¿o es el mal gobierno y la herencia del Pejelagarto la verdadera conspiración que los trae locos?… Mejor ahí la dejamos.
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