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Palabras Más / ¡Derecho a disentir!

Mientras cada individuo puede ser un enigma

insoluble, un conjunto de ellos se

comporta con exactitud matemática

Sherlock Holmes

Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez

Solamente a los regímenes autoritarios les incomoda la crítica de sus gobernados. Así es la naturaleza de esos gobiernos que llegaron enmascarados con una supuesta izquierda, buscando el bien de las mayorías, pero que su corrupción, ineptitud y desprecio los hacen quedar a deber. Eso ha sucedido en el país y eso les ha pasado a los morenos.

Aunque no les guste, ha pasado el tiempo y Andrés Manuel López Obrador no se puede parar en un restaurante porque seguramente le lloverían críticas, el repudio de una parte de la sociedad. Así le pasó a Vicente Fox, a Felipe Calderón, a Peña Nieto, porque se pasea por Europa, pero el Pejelagarto no sale de su escondite; prefiere que sus seguidores lo recuerden con las plazas llenas, pero de acarreados.

Se terminó el tiempo de la autoridad moral, de que eran los diferentes porque estos eran honestos. Casos como Segalmex y sus 17 mil millones perdidos, los excesos, el huachicol fiscal y las grandes obras con sus contratos asignados los derrumbaron. Además, parecía que solo estaban esperando a que se fuera López Obrador, la supuesta piedra angular de su moral, y se mostraron tal y como son; sacaron gustos excéntricos.

Varios los han captado en restaurantes de lujo, tomando botellas de arriba de 20 mil pesos, en asientos de lujo en vuelos de avión y en destinos exóticos para vacacionar. ¿Y la austeridad republicana?

Qué tal con sus camionetas “machuchonas”, de esas que se quejaban y criticaban a los priistas por usar el Zócalo como estacionamiento; ahora no te dejan ni entrar. Varios de esos personajes no se pueden exponer a un público que no esté controlado, les van a reclamar, igual que a los otros les pasó.

¿Por qué cuando el pueblo gritaba contra otros gobiernos era democracia y ahora es infiltración o provocación?

La cara de la presidenta Claudia Sheinbaum cambió, abrió los ojos y apretó la mandíbula, y luego vino la descalificación. El sábado pasado, en Colima, Claudia Sheinbaum tuvo que escuchar varias veces el “¡fuera, fuera!” de un grupo de inconformes que interrumpió su discurso durante la gira de su Segundo Informe de Gobierno; le echaron a perder la fiesta. Luego respondió molesta, los llamó irrespetuosos y hasta sugirió que podían ser “del PRIAN” o estar infiltrados.

¿No podrían ser verdaderamente pueblo inconforme? ¿O de verdad vamos muy bien y solo ellos, los que gobiernan, pueden verlo?

Ya sabemos que les gusta aquello de gritar que todo es producto de una conspiración, de una mano negra que quiere descarrilar el buen rumbo que tiene el país. La democracia que tanto se invoca también consiste en soportar el reclamo, el abucheo y hasta la crítica incómoda; simplemente no se puede dar gusto a todos. Pero el poder no solamente se ejerce cuando una plaza aplaude; también se pone a prueba cuando una parte de esa plaza recibe con pitos y arengas.

Como suele suceder, se echó a andar aquello del nado sincronizado para que sus propagandistas apaguen ese fuego que no le gusta para nada al ego de ningún gobernante. Y aquí aparece una contradicción, porque durante años Morena construyó buena parte de su narrativa desde las plazas, la protesta y la inconformidad contra los gobiernos anteriores. Los gritos eran entonces expresión del “sentir del pueblo”. Hoy, cuando esos mismos espacios producen rechiflas, la explicación cambia: dicen que son “conservadores”, “prianistas”, “infiltrados” o personas irrespetuosas.

¿Entonces? Quizá el problema no sean los gritos, sino que ya no saben o no quieren escucharlos… pero mejor ahí la dejamos.

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Hasta la próxima.