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Maguey Blanco: del ixtle al turismo, la comunidad que hizo brotar un río

Judith Sánchez Reyes

Desde la carretera, el Valle del Mezquital parece lo que siempre ha sido: tierra seca, cactus y polvo. Nada hace presagiar que, a unos minutos de la cabecera de Ixmiquilpan, el suelo se abre en un río de agua turquesa que no debería estar ahí.

Ese lugar es Maguey Blanco, y no es un balneario más. Ese lugar es la historia de una comunidad que aprendió a vivir dos veces del mismo territorio.

La gente mayor recuerda que hace muchos años todo esto era un mar de maguey. No uno cualquiera, sino el maguey blanco, una variedad recia, de pencas cenizas, que dominaba el horizonte. De él salía el pulque, el aguamiel, la fibra para el ixtle. En los patios de las casas, las familias tejían sombreros, bolsas y tapetes. El maguey era techo, comida y oficio.

Cuando el mercado del ixtle se vino abajo, la comunidad buscó bajo sus pies. Y encontró lo que hoy la sostiene: una vena de agua termal que brota sola, sin bombas, a 30 y 34 grados, del corazón del valle.

Así, lo que fue tierra de cultivo se hizo de manera natural un lugar de descanso y desconecte sin ayuda del sector empresarial, sino con el empeño y dedicación de los mismos ejidatarios, quienes convirtieron el terreno en parque ecoturístico.

Por eso, Maguey Blanco se siente distinto: no es un resort, es una comunidad que te abre la puerta de su patio.

El visitante experimenta el contraste: afuera, el calor seco del Mezquital, adentro, la melodía constante del agua.

Lo primero que se ve es el río. No es una alberca pintada de azul. Es un cuerpo natural, de un color turquesa, que corre lento y tibio entre ahuehuetes. La gente no nada, flota, se refresca. Los niños y aquellos adultos audaces se cuelgan de una cuerda y se lanzan una y otra vez.

Al fondo, una mole que nadie puede dejar de ver: el Koko Extremo, de treinta metros de altura y cien metros de tobogán. Es una estructura amarilla que domina el parque. Subir impone, bajarse, más. Los gritos de quienes buscan aumentar su adrenalina, se escuchan cada cinco minutos.

Pero Maguey Blanco no solo son experiencias extremas. A unos pasos del tobogán están las pozas termales humeantes y tranquilas, listas para calmar el ajetreo de quien se sumerge. Ahí se sientan las lugareñas de la comunidad a platicar, mientras los visitantes disfrutan de su calidez.

Pero cuando cae noche y se quiere alargar la estancia, los visitantes cuentan con varias opciones: acampar u hospedarse en las acogedoras cabañas de piedra y madera o las habitaciones sencillas del Hotel Tax’uada.
Dormir en cualquier zona es quedarse arrullado por el agua que no deja de correr.

Maguey Blanco es eso: un oasis que nació del maguey y que hoy vive del agua, que recuerda a cada segundo de dónde viene. Y próximamente oficializará un atractivo más para deleite de todos.

Toda la información: https://www.magueyblanco.com.mx/