Por Rubén D. Arvizu
La próxima visita de tres días del rey Carlos III a Washington, prevista para finales de este mes, genera más rechazo que expectativa. No solo en el Reino Unido, sino en amplios sectores de Europa y Estados Unidos.
La agenda oficial, del 27 al 30 de abril, incluye tomar el té con Donald Trump y su esposa Melania el primer día, un banquete en la Casa Blanca al siguiente, y posiblemente cerrar con una intervención ante el Senado. Todo ello mientras el primer ministro Keir Starmer y buena parte de los líderes europeos han marcado una distancia clara frente al caótico gobierno estadounidense.
Echando más sal a la herida, la Casa Real rechazó con un rotundo “No es el momento” la solicitud de las sobrevivientes de los abusos sexuales de Jeffrey Epstein de reunirse con el rey. Mientras el monarca viaja a estrechar manos con quien ha sido prominentemente señalado en ese mismo escándalo, ignora a las víctimas.
La imagen resulta particularmente grotesca: un rey que se presenta como defensor del medio ambiente y de valores éticos —y que, como cabeza de la Iglesia Anglicana, representa una tradición cristiana—, arrodillándose diplomáticamente ante un presidente que ha convertido la vulgaridad en política de Estado, que amenaza con destruir civilizaciones enteras y que, hace apenas unas horas, injurió públicamente al Papa León XIV llamándolo “un insulto para Jesús”.
No se trata solo de protocolo. Se trata de coherencia moral.
La monarquía británica, que tanto esfuerzo ha hecho por modernizarse y mantener relevancia en el siglo XXI, corre el riesgo de aparecer como un accesorio más del actual circo político. Inclinarse ante Trump no fortalece la imagen de la Corona: la debilita seriamente.
En los tiempos que vivimos, donde la democracia liberal enfrenta serios desafíos, gestos como éste no pasan desapercibidos. El rey Carlos III todavía tiene la oportunidad de ajustar el tono y el mensaje de su visita. De lo contrario, pasará a la historia no como un monarca reflexivo, sino como uno que eligió el silencio ante la figura más inepta y corrupta que ha ocupado jamás la Casa Blanca.
Rubén D. Arvizu
Escritor y ambientalista
rumzky@mac.com















