Juan Carlos Aguilar

Durante febrero y más claramente las dos primeras semanas de marzo de 1994, el candidato presidencial por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), Luis Donaldo Colosio vivía abatido emocionalmente. Triste. Inconsolable. Así lo revelarían después sus colaboradores más allegados. Y no exageraban.

Descrito como un hombre de principios sólidos, Colosio era una persona que creía ciegamente en la amistad y en el compromiso de la palabra. Leal y apegado a los principios de su partido, el candidato era en extremo discreto y jamás hubiera planeado dar la espalda a las formas que exigen las leyes no escritas de la política.

Por eso su coraje y tristeza. La entereza con la que había iniciado su campaña rumbo a la presidencia del país comenzaba a resquebrajarse. Más que eso, lo tenía al borde del colapso. Ahora las incertidumbres pesaban más que las certezas.

Su amiga Dalia Fartuk declararía que el 16 de febrero vio a Colosio muy mal anímicamente. “Estaba triste, atontado, como nunca lo había visto”. El candidato se quejó de la manera como le estaban llevando la campaña y dijo que si su equipo seguía así, podrían perder la contienda. Tenía la sensación de que se cometían errores a propósito. En términos llanos: podría estar siendo víctima de  un complot.

Luego, la sentencia llena de dolor: “¿Viste lo que hizo mi mejor amigo [se refiere a Salinas de Gortari], el que me apoyó en toda mi carrera hasta ahorita en el puesto que estoy?”. En su declaración ante la Procuraduría General de la República, recordaría Dalia: “Las palabras ‘mi mejor amigo’ las repitió tres veces mientras le salían lágrimas”. Colosio no le quiso revelar qué había ocurrido, pero es un hecho que a partir de ese día su candidatura sería cuesta arriba.

Días antes algunos de sus colaboradores ya le habían advertido sobre la falta de apoyo del presidente Salinas de Gortari, su gran amigo, pero él no lo quería creer. No podía. Desde 1988 se convirtieron en grandes amigos. Platicaban mucho sobre los intereses que compartían, como la música, e incluso Salinas llegó a visitar la casa de Colosio en varias ocasiones.

Para el candidato, todo eran intentos por “calentarle la cabeza”. Sólo atinaba a decir: “Mientras el presidente nos apoye, todo está bien”. La verdad es que nada estaba bien. Conforme los días avanzaban, Colosio se percataba de la falta de apoyo del presidente Salinas de Gortari, pese a que ambos se reunían varios domingos cada mes para platicar sobre la contienda electoral.

El Informe de la Investigación del Homicidio del licenciado Luis Donaldo Colosio Murrieta recoge diferentes testimonios como el de Martín Galván Ortíz, chofer del candidato, quien da cuenta de las visitas que éste hacía a Los Pinos los domingos. Entre semana, visitaba otros estados de la república como parte de sus giras proselitistas.

Sin embargo, pese a esta situación, Colosio jamás dijo nada. Ni siquiera a las personas más cercanas. Lo dicho: era discreto en extremo y respetuoso de las formas. Pero la verdad es que no estaba nada tranquilo.

Entre las diferentes hipótesis que explicarían el distanciamiento (incluso se habla de ruptura) entre Colosio y Salinas de Gortari, destaca la designación de Manuel Camacho Solís, primero como secretario de Relaciones Exteriores y después como encargado de la Comisión para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, a escasas dos semanas de haber surgido el levantamiento zapatista, el 1 de enero de 1994.

Como comisionado para la Paz, Colosio sintió que el presidente le daba demasiado juego a Camacho Solís, al grado de, si le salían bien las cosas, ponerlo en franca competencia por la candidatura presidencial, sobre todo cuando el propio Colosio había externado que éltenía una propuesta para resolver el conflicto zapatista.

La prensa hablaba entonces de una doble candidatura, lo cual de ninguna manera era bueno para el partido. Esto, sumado a las sabidas presiones para que renunciara a su candidatura, mantenía a Colosio contra la pared.

La guerra interna había comenzado y no sería fácil detenerla. Entonces vino el discurso del 6 de marzo de 1994, un punto de quiebre que dentro del PRI se leyó como una amenaza. Dijo Colosio en un acto realizado en el Monumento a la Revolución, con la plaza totalmente llena: “Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las malas acciones del gobierno, por abusos de las autoridades y la arrogancia de policías gubernamentales”. Una estocada mortal contra el partido… y contra él mismo.

El 22 de marzo, Salinas de Gortari llamó por teléfono a Colosio. Le habló para comentarle varios “acontecimientos muy favorables para su candidatura”. Uno de ellos era la renuncia del comisionado por la Paz a cualquier postulación.

El camino estaba libre para Colosio, tal y como ya lo había hecho saber Salinas pocos días antes en algunas declaraciones que después fueron reproducidas por la prensa. Colosio podría estar, ahora sí, un poco más tranquilo.

Al día siguiente, el candidato haría un acto proselitista en Lomas Taurinas, en Tijuana, Baja California. Parecía que el río volvía a su cauce. Nada más falso. La tranquilidad le duró poco a Luis Donaldo Colosio. Ese día, 23 de marzo de 1994, a las 5:12 de la tarde, recibió dos disparos, uno cerca del oído derecho y otro en el abdomen, con un revólver Taurus calibre .38.

Las suposiciones, los miedos y, sobre todo, la tristeza que había embargado al candidato semanas antes estaban totalmente justificadas. Había sido traicionado.

En medio del caos, de la incertidumbre por lo que se avecinaba, el destino de un político que hasta ese momento pocos mencionaban, cambiaría para siempre: Ernesto Zedillo sería anunciado como el nuevo candidato del PRI a la Presidencia de la República.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here