Rubén D. Arvizu –Escritor y ambientalista

El Papa León XIV ha publicado su primera encíclica, Magnifica Humanitas, dedicada por completo a los desafíos éticos, sociales y humanos que presenta la inteligencia artificial.

Es importante señalar que esta intervención del Vaticano no tiene nada que ver con la lamentable posición oscurantista que la Iglesia mantuvo en el siglo XVII contra Galileo Galilei y las teorías heliocéntricas de Copérnico. El heliocentrismo es un modelo astronómico en el que la Tierra y los planetas giran alrededor del Sol, situado en el centro del sistema solar. La Iglesia se opuso a estas enseñanzas porque iban en contra del egocentrismo secular predominante, según el cual Dios había creado el universo entero para servir al hombre, colocando a la Tierra como centro absoluto del cosmos. Sólo en tiempos muy recientes la Iglesia levantó oficialmente las restricciones a los escritos y enseñanzas de Galileo.

Hoy estamos ante una postura muy diferente. Lejos de oponerse al progreso tecnológico, el Papa busca colocar al ser humano en el centro del desarrollo de la IA.

Esta preocupación no es nueva ni exclusiva de la Iglesia. Ya en 1995, Carl Sagan advertía con extraordinaria claridad sobre estos riesgos en su libro El mundo y sus demonios. Sagan se preguntaba con profunda inquietud qué tipo de mundo heredarían sus hijos y sus nietos: un mundo donde el pensamiento crítico se erosione, el poder tecnológico se concentre en pocas manos y la superstición y la ignorancia regrese bajo nuevas formas.

En 2011, el historiador y escritor Yuval Noah Harari publicó Sapiens, su gran éxito mundial de librería, y en 2024 Nexus, donde ha reiterado estas alertas con gran fuerza, describiendo tanto la inmensa importancia de la IA como sus enormes peligros para la libertad y la propia naturaleza humana.

En lo personal, observo con preocupación cómo muchos de estos modelos han sido limitados de forma deliberada: respuestas más cautelosas, pérdida de continuidad, mayor autocensura y una clara reducción de su gran valor.

El Papa lo expresa con claridad en su encíclica: cuando un poder tan inmenso como el de la IA queda concentrado en un número muy reducido de empresas privadas —apenas cinco o seis corporaciones—, se genera una nueva forma de dependencia, opacidad y exclusión. Estas empresas no solo controlan la tecnología, sino que definen cada vez más las reglas del debate público, la visibilidad de las ideas y el acceso al conocimiento.

Esta concentración de poder es real y altamente conflictiva. Vemos cómo los principales actores —OpenAI, Google, Anthropic, xAI — se enfrentan ferozmente entre sí, muchas veces no por el bien común, sino por alcanzar el dominio absoluto.

León XIV advierte precisamente sobre este riesgo: cuando unos pocos deciden en privado cómo debe comportarse la IA que usará toda la humanidad, estamos ante una nueva forma de poder que fácilmente escapa al control democrático. El documento llama a la transparencia algorítmica, a una regulación ética real y, sobre todo, a colocar siempre a las personas en el centro de las decisiones.

La encíclica Magnifica Humanitas nos recuerda algo esencial: la tecnología debe engrandecer a la humanidad, no reducirla. Debe servir a la dignidad de la persona, no someterla.