Enrique Escobedo
El perfil ideológico de los partidos políticos, así como su programa de acción y sus principios están plasmados en sus estatutos y tienden a ser claros y legibles. Más aún, cuando hacemos comparaciones entre los partidos en esos tres rubros encontramos que existen diferencias y, en ocasiones, semejanzas, pues sus compromisos son finalmente aspirar al poder y una vez alcanzado procurar la justicia social y la procuración de igualdad de oportunidades. De hecho, las diferencias entre partidos se aprecian en el poder legislativo y ahí que es notoria su confrontación. Lo interesante del caso es que cuando un partido llega al poder ejecutivo lo que vemos es que a la hora de gobernar no hay muchas diferencias entre unos y otros. Es cierto que las hay, pero son de matiz, ya que las demandas y necesidades están ahí y deben ser atendidas con eficiencia, eficacia, congruencia jurídica y honestidad.
Veamos el caso de las alcaldías de la ciudad de México. Muchas de ellas han sido gobernadas por el PAN, el PRI, el PRD y por Morena. Cuando llegan los alcaldes u otrora jefes delegacionales se encuentran con dos realidades. La primera es que su presupuesto es menor al imaginado y prácticamente todas las partidas ya están etiquetadas, por lo que poco pueden hacer de lo comprometido en la campaña. La segunda es que el diagnóstico delegacional que los obliga a atender lo urgente sobre lo necesario y a redefinir lo estratégico de lo prioritario. Por si fuera poco, la curva de aprendizaje del equipo entrante será de un año al menos y privará la desconfianza entre trabajadores de base y de confianza. Si a lo anterior agregamos que los grupos de presión que se mostraron sonrientes durante la campaña empezarán a cobrar sus facturas y que las demandas y necesidades sociales en materia de infraestructura, transporte público, seguridad, alumbrado público, parques y jardines entre otros son impostergables, nos damos cuenta de que las ideologías, en la práctica, se desdibujan y erosionan.
La realidad es que se debe gobernar para todos y todos somos muchos. Por supuesto que los alcaldes tratan de priorizarla la atención a los pobres y a los grupos marginados, pero eso significa planear indicativamente y hacerlo con criterios incluyentes y, sobre todo, con visión de largo plazo en materia de políticas públicas deseables, posibles y permanentes. Situación que no existe en México. En otras palabras, cada tres o seis años se reinventa la Administración pública.
Entonces es cuando surge la pregunta ¿dónde están las ideologías? Las respuestas son claras en el papel, pero en la práctica lo que predomina es la realpolitik. Por eso considero que en estos momentos la ideología y los principios deben estar al mismo nivel. Sobre todo, porque los principios de verticalidad, honradez y honestidad son la columna vertebral en la conducción de la Administración pública y son los que deben predominar en la prestación de servicios públicos. Claro está, sin que las personas servidoras públicas dejen a un lado su ideología. De ahí que la frase del ex Secretario General del Partido Comunista Chino Deng Xiaoping “no importa de que color es el gato, lo fundamental es que cace ratones” ilustra que a la hora de gobernar hay que hacerlo con sentido práctico. Pero si un gobierno antepone en todo y para toda su ideología y subordina sus principios, tendremos un mazacote de gobierno, pues ni ayudará a prevenir y combatir la pobreza, ni sabrá atender la prestación de los servicios públicos. Tal es el caso de esta ciudad de México.














