Por: Rubén D. Arvizu

La revista The Smithsonian publicó recientemente un descubrimiento científico que nos hace ver el pasado en otra perspectiva. La explosión nuclear de Hiroshima el 6 de agosto de 1945, no solo destruyó vidas, edificios y esperanzas; también alteró la estructura misma de la materia. Según la investigación, la devastación fue tan extrema que edificios, metal, vidrio, suelo y agua fueron vaporizados instantáneamente. Al enfriarse y condensarse, este caos material creó pequeñas esferas vítreas, granos microscópicos que contienen una aleación metálica antes nunca vista. En pocas palabras, es la huella geológica del horror.

Estos granos de apenas 200 micras son evidencias reales que demuestran que la energía nuclear no solo vaporiza ciudades y pueblos, sino que altera permanentemente la composición de nuestro planeta. Ochenta años después, seguimos descubriendo que el impacto de aquel día sigue presente en el suelo que pisamos.

Aún con todo esto, la humanidad parece incapaz de aprender la lección. Hoy vivimos una situación muy alarmante: las políticas mesiánicas de Trump desde la Casa Blanca con su absurda «guerra-no guerra» en Irán, la continua agresión de Rusia en Ucrania, y la devastación implacable de Gaza arrasada por Israel, mantienen al mundo en un vilo permanente. A esto sumamos un síntoma de caos global: en la propia Europa crece la urgencia por protegerse de Estados Unidos, fracturando las alianzas tradicionales porque la diplomacia ha cedido su lugar a la soberbia y la agresividad. Esta acumulación de tensiones políticas puede precipitarnos a una pesadilla apocalíptica. La tecnología y la ciencia que un día dejaron minúsculas esferas de destrucción en el suelo de Hiroshima hoy amenazan con esterilizar el planeta entero.

Como si eso fuera poco, simultáneamente ante nuestros ojos está la degradación del medio ambiente, con un innegable cambio climático que rompe los récords de temperatura desde que comenzaron los registros oficiales en el siglo XIX.

Para proteger el presente y el futuro hay que despertar de este letargo. La defensa de la naturaleza y la paz son frentes de una misma y única lucha por la supervivencia, antes de que sea demasiado tarde y solo queden escombros en un mundo devastado por el ingrato Homo Sapiens.

*Ruben D. Arvizu – Periodista y ambientalista. Asociado de la Nuclear Age Peace Foundation.