Enrique Escobedo
En la década de los años sesenta del siglo pasado a las mujeres del mundo occidental se les abrieron las puertas de gozar del sexo sin temor a embarazarse, pues en las farmacias se inició la venta de la píldora anticonceptiva. Con dicha libertad se desplegaron en la agenda pública temas como la revolución sexual, la incorporación de la mujer a trabajos de tiempo completo y su emancipación libertaria. No todo mundo entendía las consecuencias que tendría esa píldora. Pero eso ya no es importante. A partir de ese momento más y más mujeres se abrieron espacios en la educación superior e incursionaron exitosamente en puestos de decisión de los sectores público, privado y social.
Las organizaciones feministas fueron modificando las agendas políticas del mundo y una década después, del 9 de junio al 2 de julio de 1975 se desarrolló en la Ciudad de México la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer. El próximo año se cumplirán cincuenta años de dicho encuentro.
El informe final sostenía que los gobiernos revisaran y, en su caso, derogaran legislaciones que se oponían o afectaban los derechos humanos, específicamente en lo concerniente a las mujeres. Fue organizada juntamente con la Organización de las Naciones Unidas y fue el punto de inflexión que reestructuró a la ONU y a las administraciones públicas de muchos países.
El próximo año se cumplirá medio siglo de ese parteaguas y hoy el mundo sigue luchando en favor de la equidad de género. México aún enfrenta feminicidios, aún vemos hogares que fomentan el machismo, aún sabemos de casos en los que los padres obligan a las hijas de catorce y quince años a casarse y lo peor es que aún existen servidores públicos mexicanos que discriminan a las mujeres, ya sea como compañeras de trabajo o en su demanda de atención de servicios. Aún falta mucho que hacer.
Es cierto, hoy nuestro país tiene una presidenta y eso es un logro. Me da gusto que una mujer sea quien ocupe la titularidad del Poder Ejecutivo Federal. Es un gran avance y deseo sinceramente que realice un buen trabajo, pues si le va bien a ella, le va bien a México.
La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su primer artículo: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y consciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Lo cual es un compromiso, una responsabilidad y un deber. Léase, dicha declaración subraya e insiste en que si tenemos derechos es porque tenemos obligaciones; la del deber comportarnos fraternalmente. Lo cual significa una idea de amistad, solidaridad y entendimiento de que somos una unidad en calidad de humanidad. Lo que en buen español significa que o nos vemos como familia por voluntad o fracasamos como grupo humano.
La importancia de la equidad de género es por la igualdad jurídica, política, social y administrativa de oportunidades, por la emancipación de todas, en contra de la discriminación y a favor de la inclusión. Hay, por supuesto quien pide más y exige un lenguaje incluyente. No analizaré pormenorizadamente cada una de las demandas. Simplemente acotaré en este artículo que apenas se cumplirán cincuenta años de la primera conferencia acerca de la mujer y, por un lado, se han logrado avances. Por el otro, aún hay mucho por hacer. Ojalá la presidenta Sheinbaum entienda que en nuestro país hay usos y costumbres que atentan a todas luces en contra de la dignidad de las mujeres y que, aunque se trate de usos y costumbres, los persiga jurídicamente. Sería una muy buena señal de que la modernidad también incluye a las mujeres rurales.