Enrique Escobedo

Argumentar en los extremos es ilógico y ocurre cuando alguien lleve su disertación a un punto que llega a impedir el enriquecimiento del debate. Usualmente la argumentación extrema se expresa mediante la generalización y manipulaciones emocionales o ejemplificaciones metafóricas indemostrables, irreales y que polarizan la situación al reducir el debate en absurdos y no en razonamientos.

Tal vez el ejemplo más común sea el regaño de nuestras respectivas madres cuando las autoridades escolares de la secundaria nos amonestaban. Nuestro argumento de adolescentes era “es que todo el grupo participó”, ellas, en el extremo de la reprimenda nos decían “entonces si el grupo decide echarse a un barranco, tú también lo harás”. Con ese argumento reducido al absurdo y en el extremo nos vencían. Ojalá ya no regañen a los niños con ese tipo de extremismos.

Argumentar al amparo de un extremo ad absurdum fue criticado por Aristóteles y desde entonces todos los maestros de lógica recomiendan evitar esas posturas que a nada conducen, pero que siguen sirviendo de tapadera política. Tal es el caso del secretario de Economía, Marcelo Ebrard, quien ante las demostraciones de que su hijo vivó cómodamente de nuestros impuestos en la embajada mexicana en Londres, se posicionó bajo el argumento de un “padre preocupado” y arremetió en contra de la prensa al calificarla de “mezquindad”. Léase, ante tal diagnóstico de corrupción se situó en un extremo absurdo debido a una recomendación de los expertos en manejos de crisis y cortinas de humo.

El negociador mexicano en favor de un nuevo tratado comercial con Estados Unidos y Canadá sabe que cometió un delito, pues es un hombre preparado. Pero no le importa y por eso se situó en un extremo del debate aludiendo a un sentimiento real: el amor de los padres por sus hijos. Lo que hace es tirarse al piso, rasgarse las vestiduras y, en una posición totalmente anti aristotélica, pide compasión y piedad.

Por supuesto que no es el único miembro de la nueva clase política que recurre a esa estrategia de crisis y que está muy bien estudiada por las ciencias de la comunicación. Los ejemplos abundan en Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña, Rocío Nahle y Andy López Beltrán. Léase, Morena llegó al poder descalificando a los partidos PAN y PRI de corrupción gubernamental y bajo el argumento de que en ese movimiento eran diferentes. Pero no, no lo son. Realmente son mentirosos, traicionan, engañan, manipulan y se roban nuestros impuestos. Lo que les reconozco son sus habilidades para crear distractores al reducir al absurdo sus argumentos.

Es una estrategia muy sutil diseñada en varios tiempos. Léase, las instituciones gubernamentales desplegarán argumentos centrados, lógicos y alejados del discurso extremo de Ebrard Casaubón. Veamos, la Fiscalía dirá que no sabe nada del asunto, pues se trató de un artículo periodístico y no hay denuncia formal. La presidenta dirá que al no haber carpeta de investigación no tiene algo que opinar. La secretaría de Economía pronto presumirá algún acierto en la negociación con los representantes norteamericanos y canadienses en materia comercial y la cancillería prolongará el festín de la reunión de los mandatarios en Barcelona. Luego, la estrategia desde el palacio nacional buscará sobre dimensionar algún escandalo de corrupción del pasado vinculado con Felipe Calderón de preferencia.

El tiempo correrá y con el calendario cívico y sus festividades, la gestión Sheinbaum organizará a su favor una gran fiesta obrera el primer día de mayo debido a la reducción de la jornada laboral, el discurso patriótico del cinco de mayo será acerca de la soberanía, el día diez festejaremos a las madrecitas, incluida obviamente la presidenta y después el día del maestro y las movilizaciones del magisterio acabarán por borrar el tema Marcelo Ebrard y su discurso extremo. Triste, pero cierto.