René Cervera G.*
La pandemia mundial ha dado lugar a las analogías, a la comparación entre regímenes, regiones, sistemas y gobiernos para revisar su eficiencia. Unos lo hacen con el afán de hacer patentes los errores de los gobiernos y corregirlos en aras de disminuir el problema; otros, con el deseo de acusarlos por intereses políticos.
Los primeros reclaman la unidad de acciones esperando que mejoren las condiciones de salud; los otros, deseando que empeoren para aprovechar esta coyuntura a su favor políticamente.
En nuestro caso se compara constantemente que hemos rebasado el número de afectados y muertos con países como España e Italia, y si la respuesta es que aquí somos más habitantes, entones la comparación se recorre a China, Japón, India y Rusia, en donde la población es más grande y son menos los decesos.
Aprender de otras experiencias es importante, pero sólo comparar cifras nos conduce a errores que no reparan el daño.
La eficiencia para sortear de mejor manera esta situación depende de nuestra historia clínica como nación.
El actual gobierno mexicano lleva dos años de dirigir el país. Aunque se diga que usa como pretexto los regímenes anteriores, es mucho lo que depende de lo que heredó, ya que no es lo mismo heredar un capital, que heredar deudas económicas y sociales, ni en lo particular ni de manera pública.
Hacer comparaciones que conduzcan a un diagnóstico preciso implica la analogía de la estructura dedicada a la salud, cuantas camas hay por cierto número de habitantes, de doctores, enfermeras, hospitales equipados, número de especialistas, así como de la calidad de los mismos.
Hay decisiones que están en las manos de las autoridades y otras en la de los ciudadanos. Por lo que enjuiciar al gobierno debe hacerse acompañando una autocrítica.
Si las defunciones están vinculadas a condiciones mórbidas como la obesidad, la diabetes la presión sanguínea, tomemos en cuenta que somos el segundo país consumidor de refrescos, tal vez el primero per cápita.
Nuestra cultura alimenticia nos condena. Comer refritos nos hace uno de los países más obesos del mundo. Al poner como ejemplo a China, Japón y la india deberíamos comparar sus costumbres alimenticias.
Igual la estructura étnica da una ventaja o desventaja. Se ha publicado que gente con tipo de sangre “A positiva” tiene mayor tendencia a infectarse y morir. También de género: los hombres somos más propensos a ser afectados con mayor gravedad y aquí sí no hay acciones afirmativas.
Comparar indiscriminadamente no lleva a un buen diagnóstico social. Ni enjuicia con justicia a nuestras autoridades.
Si la epidemia se ensaña con los adultos mayores, hay que considerar el porcentaje de este segmento de la población que por cierto en Italia, España y Japón son muy altos y en México ya es un porcentaje significativo; somos un país avejentado.
La disciplina es relevante. Hay países como Portugal que se guardaron en sus casas sin necesidad que el gobierno insistiera y el porcentaje de afectados es más bajo que el resto de la península ibérica.
El mayor ejemplo es Vietnam, un país que hace frontera con China, que tiene 95 millones de habitantes y, sin embargo, no ha registrado decesos a causa del Covid-19. Otro país ejemplar es China, en donde a pesar de que ahí empezó el problema sus consecuencias han sido bajas en relación a otros países.
Y Rusia que también limita con China y tiene una frontera muy extensa, lo cual dificulta su control, tiene una cantidad de infectados por debajo de la media siendo que su población es de las mayores.
Si vamos a realizar un análisis serio que nos indique por qué tenemos un número de fallecimientos por encima del promedio mundial, recordemos que tenemos más habitantes que la media mundial, más obesidad y diabetes que la media mundial, que la hipertensión esta entre las más altas, y que las personas longevas son más que las medias mundiales.
Si vemos que tienen en común los países que mejor han librado esta situación, vamos a encontrar que no son entidades con alta calificación de los derechos humanos y por lo tanto tampoco en índices democráticos.
Las medidas que ha tomado Vietnam es la de someter a extranjeros y connacionales con posibilidad de estar infectados al encierro bajo observación. Para eso se adaptaron cuarteles, centros de estudio y hospitales con el propósito de ofrecer mientras tanto cierta comodidad.
Su empeño por mantenerse invicto de muertos por coronavirus los llevó a mantener entubado a un piloto escocés durante 70 días cuando le daban solo un 10% de posibilidades de sobrevivir. El afectado fue conocido como el paciente 91; estuvo bajo la mira de la prensa internacional y tanto el enfermo como Vietnam la libraron. El costo fue de cientos de miles de dólares, lujo que pudo darse Vietnam precisamente por no tener tantos pacientes por atender, aunque ahora están viendo quién lo paga.
El caso de China no es muy diferente a situaciones drásticas, medidas drásticas. Es su costumbre. Su economía y tecnología les permitió montar dos hospitales en tan sólo quince días y ya contaban con la disciplina histórica que les ha permitido sortear esta epidemia con mejores resultados que la mayor parte de sus vecinos del orbe.
El dirigente de Rusia no tiene fama de ser un demócrata ejemplar. Enseguida dictó una medida: o pasan la cuarentena en casa o la pasan en la cárcel. Hasta ahora ha notificado cerca de 12.000 muertos y presumen tener la vacuna para prevenir la pandemia.
En realidad estas medidas no son tan antidemocráticas como parecen ya que una premisa democrática que parece haberse olvidado, es que en caso de entrar en conflicto, el bien social debe anteponerse al bien particular.
Un juicio sobre que tan bien ha manejado el actual gobierno la situación debe llevar muchas consideraciones y una constante autocrítica del gobierno, de la oposición y de la sociedad. Pero un tema tan importante debe de ser cuestión de Estado, es decir, un tema que no debe dejarse al gobierno. Debe llevar la colaboración de todos los mexicanos con buena voluntad y sin intrigas.
René Cervera G.*
La pandemia mundial ha dado lugar a las analogías, a la comparación entre regímenes, regiones, sistemas y gobiernos para revisar su eficiencia. Unos lo hacen con el afán de hacer patentes los errores de los gobiernos y corregirlos en aras de disminuir el problema; otros, con el deseo de acusarlos por intereses políticos.
Los primeros reclaman la unidad de acciones esperando que mejoren las condiciones de salud; los otros, deseando que empeoren para aprovechar esta coyuntura a su favor políticamente.
En nuestro caso se compara constantemente que hemos rebasado el número de afectados y muertos con países como España e Italia, y si la respuesta es que aquí somos más habitantes, entones la comparación se recorre a China, Japón, India y Rusia, en donde la población es más grande y son menos los decesos.
Aprender de otras experiencias es importante, pero sólo comparar cifras nos conduce a errores que no reparan el daño.
La eficiencia para sortear de mejor manera esta situación depende de nuestra historia clínica como nación.
El actual gobierno mexicano lleva dos años de dirigir el país. Aunque se diga que usa como pretexto los regímenes anteriores, es mucho lo que depende de lo que heredó, ya que no es lo mismo heredar un capital, que heredar deudas económicas y sociales, ni en lo particular ni de manera pública.
Hacer comparaciones que conduzcan a un diagnóstico preciso implica la analogía de la estructura dedicada a la salud, cuantas camas hay por cierto número de habitantes, de doctores, enfermeras, hospitales equipados, número de especialistas, así como de la calidad de los mismos.
Hay decisiones que están en las manos de las autoridades y otras en la de los ciudadanos. Por lo que enjuiciar al gobierno debe hacerse acompañando una autocrítica.
Si las defunciones están vinculadas a condiciones mórbidas como la obesidad, la diabetes la presión sanguínea, tomemos en cuenta que somos el segundo país consumidor de refrescos, tal vez el primero per cápita.
Nuestra cultura alimenticia nos condena. Comer refritos nos hace uno de los países más obesos del mundo. Al poner como ejemplo a China, Japón y la india deberíamos comparar sus costumbres alimenticias.
Igual la estructura étnica da una ventaja o desventaja. Se ha publicado que gente con tipo de sangre “A positiva” tiene mayor tendencia a infectarse y morir. También de género: los hombres somos más propensos a ser afectados con mayor gravedad y aquí sí no hay acciones afirmativas.
Comparar indiscriminadamente no lleva a un buen diagnóstico social. Ni enjuicia con justicia a nuestras autoridades.
Si la epidemia se ensaña con los adultos mayores, hay que considerar el porcentaje de este segmento de la población que por cierto en Italia, España y Japón son muy altos y en México ya es un porcentaje significativo; somos un país avejentado.
La disciplina es relevante. Hay países como Portugal que se guardaron en sus casas sin necesidad que el gobierno insistiera y el porcentaje de afectados es más bajo que el resto de la península ibérica.
El mayor ejemplo es Vietnam, un país que hace frontera con China, que tiene 95 millones de habitantes y, sin embargo, no ha registrado decesos a causa del Covid-19. Otro país ejemplar es China, en donde a pesar de que ahí empezó el problema sus consecuencias han sido bajas en relación a otros países.
Y Rusia que también limita con China y tiene una frontera muy extensa, lo cual dificulta su control, tiene una cantidad de infectados por debajo de la media siendo que su población es de las mayores.
Si vamos a realizar un análisis serio que nos indique por qué tenemos un número de fallecimientos por encima del promedio mundial, recordemos que tenemos más habitantes que la media mundial, más obesidad y diabetes que la media mundial, que la hipertensión esta entre las más altas, y que las personas longevas son más que las medias mundiales.
Si vemos que tienen en común los países que mejor han librado esta situación, vamos a encontrar que no son entidades con alta calificación de los derechos humanos y por lo tanto tampoco en índices democráticos.
Las medidas que ha tomado Vietnam es la de someter a extranjeros y connacionales con posibilidad de estar infectados al encierro bajo observación. Para eso se adaptaron cuarteles, centros de estudio y hospitales con el propósito de ofrecer mientras tanto cierta comodidad.
Su empeño por mantenerse invicto de muertos por coronavirus los llevó a mantener entubado a un piloto escocés durante 70 días cuando le daban solo un 10% de posibilidades de sobrevivir. El afectado fue conocido como el paciente 91; estuvo bajo la mira de la prensa internacional y tanto el enfermo como Vietnam la libraron. El costo fue de cientos de miles de dólares, lujo que pudo darse Vietnam precisamente por no tener tantos pacientes por atender, aunque ahora están viendo quién lo paga.
El caso de China no es muy diferente a situaciones drásticas, medidas drásticas. Es su costumbre. Su economía y tecnología les permitió montar dos hospitales en tan sólo quince días y ya contaban con la disciplina histórica que les ha permitido sortear esta epidemia con mejores resultados que la mayor parte de sus vecinos del orbe.
El dirigente de Rusia no tiene fama de ser un demócrata ejemplar. Enseguida dictó una medida: o pasan la cuarentena en casa o la pasan en la cárcel. Hasta ahora ha notificado cerca de 12.000 muertos y presumen tener la vacuna para prevenir la pandemia.
En realidad estas medidas no son tan antidemocráticas como parecen ya que una premisa democrática que parece haberse olvidado, es que en caso de entrar en conflicto, el bien social debe anteponerse al bien particular.
Un juicio sobre que tan bien ha manejado el actual gobierno la situación debe llevar muchas consideraciones y una constante autocrítica del gobierno, de la oposición y de la sociedad. Pero un tema tan importante debe de ser cuestión de Estado, es decir, un tema que no debe dejarse al gobierno. Debe llevar la colaboración de todos los mexicanos con buena voluntad y sin intrigas.
*Analista político, comunicador, ensayista y autor de los libros “El sentimiento que nos une”, “Entre el puño y la Rosa”, “In memoriam Olof Palme”, “La democracia es una fiesta”. También es director del proyecto radiofónico “La Orquesta Filosófica”.















