La Redacción
En el Metro de la Ciudad de México hoy se viaja entre martillazos, cintas amarillas y rutas improvisadas. Las obras avanzan —dicen— para corregir años de abandono: techumbres nuevas, revisiones estructurales, promesas de elevadores. Pero en ese ir y venir de cuadrillas, hay una realidad que no cabe en los informes: para una persona con discapacidad, moverse en el Sistema de Transporte Colectivo Metro sigue siendo una carrera desigual.
Basta asomarse a cualquier estación en remodelación. Los accesos se reducen, los pasillos se estrechan y las escaleras se vuelven la única opción. Para quien usa silla de ruedas, bastón o muletas, el trayecto deja de ser rutina y se convierte en cálculo: por dónde entrar, quién ayudará, cuánto tiempo extra habrá que invertir. No es exageración, es logística diaria.
En el discurso oficial, la accesibilidad está contemplada. En los hechos, se tropieza. Elevadores que requieren asistencia para operar, equipos fuera de servicio, señalización insuficiente. A veces el problema no es que no existan, sino que no funcionan cuando se necesitan. Y entonces aparece la dependencia: pedir ayuda a otros usuarios, esperar a un trabajador, o simplemente desistir.
Las obras, que tendrían que facilitar el tránsito, a menudo lo complican. Donde antes había una ruta conocida, ahora hay desvíos sin claridad. Donde había una alternativa, hoy hay una valla. Y en ese entorno cambiante, quien tiene movilidad limitada queda en desventaja. No hay margen para la improvisación cuando cada escalón cuenta.
El contraste es inevitable. Mientras se invierte en concreto, soldadura y estructura, la accesibilidad avanza con otra velocidad, mucho más lenta. Como si fuera un añadido y no una condición básica. Como si moverse con dignidad fuera opcional.
Viajar en Metro nunca ha sido sencillo, pero para algunos usuarios es, literalmente, una prueba de resistencia. Y eso dice más del sistema que cualquier informe técnico.













