«Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres, a vuestras masas hacinadas que anhelan respirar libres, los miserables desechos de vuestras costas abarrotadas. Enviadme a estos, los sin hogar, los zarandeados por la tempestad, ¡yo alzo mi lámpara junto a la puerta dorada!»
Por Rubén D. Arvizu
El 3 de julio de 2026, Donald Trump pronunció un discurso frente al Monte Rushmore, bajo los rostros tallados en piedra de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln, un monumento en el que ha dicho varias veces que quiere que incluyan también su perfil.
Decidí escuchar por completo la transmisión para evitar leer la noticia después editada.
Habló de la grandeza americana, de amenazas comunistas, de un futuro glorioso. Su largo discurso fue leído, su equipo lo había escrito -y sin duda- le solicitaron que tratara de evitar que se saliera del texto, como lo hace con tanta frecuencia y con efectos desastrosos. Fue una cascada de alabanzas para su gobierno, el cual “es el más grandioso que ha visto jamás esta nación” Dio una larga lista de logros hechas por “verdaderos americanos”, y no dejó de insinuar que todos esos inmigrantes que vienen a causar problemas serán echados lo antes posible, como indeseables.
Mencionó que ha sido necesario reescribir la historia para dar una visión alternativa a la que se ha enseñado durante décadas. En que la ¨nación americana está enraizada sólo en el idioma inglés y ante todo en la civilización occidental, aseguró que “no que no hay nada en la historia del mundo como el surgimiento de América, todo lo que se ha logrado ha sido hecho por verdaderos americanos, invenciones, estilo de vida, triunfos, y que Estados Unidos ha alimentado y sanado al mundo muchas veces”- Por supuesto no aclaró que en su gobierno esas ayudas han cesado casi por completo. Recalcó que es el país que más premios Nobel ha recibido, y tal vez saliendo un poco del libreto, repitió su queja de que “aún no le han dado el suyo” Su más que conocido “yo, yo, yo.” se escuchó muchas veces en la perorata.
Ese mismo día, me detuve en establecimiento de comida rápida en Atlanta, vi a un hombre parado entre los carriles de autos. Barba blanca. Rostro digno. Un letrero que decía: “Veterano de guerra. Pide ayuda.” Con su número de serie del ejército escrito, como testimonio silencioso de lo que fue y ha dado a este país. Me acerqué a él, lo saludé y le di unos dólares, los cuales agradeció y me dijo “Dios te bendiga” Le estreché la mano mientras una dama llegaba con una bolsa con comida.
Trump habla de grandeza frente a monumentos esculpidos en piedra, y la capital, Washington, se derrumba físicamente — construcciones detenidas, proyectos fallidos, símbolos nacionales deteriorados. La estructura levantada frente al Capitolio para que fuera el sitio de una enorme fiesta musical ha sido cancelada, al igual que más de 250 desfiles y festividades en muchas partes de la nación debido a la tremenda onda cálida, provocada por el cambio climático, de lo cual Trump ha dicho una y otra vez que “eso es falso, el cambio climático no existe.
El actual ocupante de la Casa Blanca ha convertido su gobierno en una tienda particular, acumulando riqueza sin precedente, aceptando aviones de países extranjeros y manejando las finanzas como negocio propio.
El reconocido articulista Stephen Marche señaló en The Guardian esta semana que la nación que fué fundada para derrocar a un rey maniático, ha elegido 250 años después, a su propio rey loco.
Yo he participado en un par de las enormes marchas de REYES NO, donde maestros, veteranos, jóvenes latinos, padres de familia — millones en todo el país — hemos salido a decir que esta república todavía nos importa. Que recordamos la frase de Benjamín Franklin: “Una república, si pueden conservarla.” Las elecciones de este próximo noviembre serán decisivas. Si los ciudadanos responden con la misma energía que han demostrado en las calles, existe la posibilidad real de recuperar una o ambas cámaras del Congreso — y con ello, restaurar los contrapesos que una democracia necesita para funcionar.
No es momento de resignación, sino de la acción. El veterano que vi ayer merece un país mejor. Y ese país todavía es posible — si quienes lo aman se niegan a rendirse. Rubén D. Arvizu. Escritor y ambientalista














