Por Rubén D. Arvizu

Elon Musk anunció en su red social que SpaceX está “desviando el foco” de la colonización de Marte para concentrarse en construir una “ciudad autosuficiente en la Luna” que, según él, podría estar lista en menos de una década.
“Marte no se abandona —aclaró Musk—, pero la Luna es más rápida”. Explicó que los viajes a Marte solo son óptimos cada 26 meses (con 6 meses de travesía), mientras que a la Luna se puede ir cada 10 días (2 días de viaje), lo que permitiría “iterar mucho más rápido” y completar una ciudad lunar antes que una marciana.

El cambio llega tras años de promesas incumplidas: en 2016 dijo que humanos llegarían a Marte en 2024; luego habló de 2026, 2028, “si tenemos suerte en 4 años” … y ahora, simplemente, “Marte al rato”.

Este cambio no es una sorpresa estratégica. Musk lleva dos décadas usando Marte como imán para inversión, contratos gubernamentales y atención mediática. Cuando la realidad técnica y financiera aprieta —explosiones de Starship, problemas con sus autos Tesla, retrasos en Artemis, demandas laborales, —, pivotea a algo más viable y rentable: la Luna, donde ya compite con NASA, China y Blue Origin, y hay más posibilidades de obtener fondos federales en la administración Trump.

Pero detrás del cambio del planeta hay un patrón más oscuro. Mientras Musk habla de “extender la conciencia a las estrellas”, su comportamiento errático —tweets impulsivos a cualquier hora, cambios de humor públicos, decisiones contradictorias— ha sido vinculado por múltiples fuentes cercanas y reportajes serios al consumo de drogas (ketamina, éxtasis, hongos psicodélicos y otros). Ese patrón no es solo anécdota: afecta decisiones que impactan a millones, desde despidos masivos en sus empresas hasta la difusión de desinformación en X.

A eso se suma su relación documentada con el malévolo Jeffrey Epstein (reuniones entre 2015 y 2016, correos muy amistosos, fotografías) y su alianza con Donald Trump, que le permitió influir directamente en políticas que recortaron ayuda humanitaria internacional, dejando a millones sin comida ni medicinas en países devastados por huracanes, sequías y conflictos.
El mito del “genio infalible” se desmorona, pero el daño que ha causado y sigue causando no se detiene. Es un hombre cuyo poder descontrolado ha causado sufrimiento real y evitable en la Tierra mientras promete salvar a la humanidad en otros planetas.

Su alianza con otros maniáticos super ricos —Thiel, Zuckerberg y el resto de la élite impune— los convierte a él y a ellos en enemigos públicos número uno. Son la mano que aprieta el puño sobre el mundo, y mientras sigan unidos, el daño no se detendrá.