Enrique Escobedo

Una de las máximas populares que más me gustan es la que argumenta “el sol sale para todos”, pues alude a múltiples significados. Tal es el caso de que alumbra a justos e injustos; buenos y malos; hombres y mujeres sin diferencias socioeconómicas o cualquier otro tipo de singularidad del estado de ánimo. De ahí que prácticamente todas las civilizaciones adoraron teológicamente al sol. Hoy, ya no pensamos en esa estrella como Tonatiuh, pero políticamente recurrimos a la metáfora solar en el discurso democrático.

La democracia está en crisis y mucho ya se ha escrito acerca de la desilusión social de esa forma de gobierno. Más aun, el expresidente Joe Biden convocó a líderes del mundo a una cumbre en diciembre de 2021 a fin de que analizara pormenorizadamente el tema, pues los riesgos de tergiversarla son muchos. Empero el desencanto continúa y el advenimiento de los populismos crece.

Las críticas a la democracia tienden a centrarse en sociedades en las que se configuran extremos de pobreza y de riqueza. Con predominancia de mayorías en el primer caso y de minorías en el segundo. Léase, a la democracia se le exige que solucione el reto económico del neoliberalismo. Lo cual no es posible, pero así se ha entendido debido a la simplista expresión del bobo de Ronald Reagan quien sostuvo que la libertad económica era igual a la libertad política y viceversa.

No, no es posible una concepción tan lineal de esa relación. En efecto, están vinculadas. De ahí que la democracia redefine permanentemente, por su esencia liberal, los límites del intervencionismo y regulación del Estado, pues es absurdo regresar a la anacrónica idea del Estado Gendarme o a la dictadura revolucionaria del proletariado. Consecuentemente, la democracia tiene vigencia porque es un régimen que admite conflictos derivados del ejercicio de las libertades, tales son los casos de la expresión crítica que cuestiona, de tránsito sin necesidad de identificarse en garitas de corporaciones policiaco-políticas, de oportunidades de inversión y competencia regulada, de acceso a servicios de salud y de educación. En fin, la democracia es la defensa de los derechos humanos, la elaboración de leyes pluripartidistas, la división de poderes y la descentralización político-administrativa en la prestación de bienes y servicios públicos.

Por el contrario, los regímenes autocráticos con partidos de Estado sin pluralismo partidista se encumbran en la intolerancia, en el maniqueísmo político, en la censura velada o abierta y en el contubernio con organizaciones criminales a fin de amedrentar a la sociedad y asfixiarle sus libertades, pues son gobiernos que perviven mediante el sustento de políticas sociales asistenciales cuyo objetivo es el conformismo social y de ninguna manera la lucha aspiracional. En otras palabras, son regímenes que, metafóricamente hablando, encapotan el cielo de pesadas nubes grises que a la larga no pueden impedir que salga el sol.

La expresión el sol sale para todos, tiende más a la democracia abierta, libre y plural, aunque los regímenes autocráticos sostengan lo contrario. La alegoría no puede llegar más lejos. No obstante, la defiendo porque la democracia es, como diría Winston Churchill, el peor de los sistemas políticos, pero no conozco otro mejor.